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Durante
la Edad Media se llevo a
cabo un insólito tráfico de
objetos de culto. Se trataba
de las reliquias. Trozos de
la Santa Cruz, paños de
Verónica, plumas de las alas
de los ángeles, dedos de
santos o divinos prepucios,
eran objeto de culto en casi
todas las iglesias del
mundo, y ambiciosa pieza de
los coleccionistas de
reliquias. Un fenómeno tan
real como siniestro, que
marcó la religiosidad de
toda una época.
A pesar
de que, en sus orígenes, la
religión judía despreciaba
las reliquias, como
despreciaba todo lo
relacionado directamente con
la muerte, a partir del
siglo III d.C. comenzó un
tráfico indiscriminado de
objetos sagrados, tan
siniestro como absurdo.
El
versículo bíblico incluido
en el libro de Números,
capitulo 19, versículo 11: “Quien
toque un cadáver será impuro
durante siete días” ,
parece haber sido obviado
por los cristianos a partir
del 200 d. C., cuando los
padres y doctores de la
iglesia encontraron en el
tráfico de reliquias, una
forma de afianzar la fe de
los devotos, amén de una
lucrativa fuente de
ingresos.
De hecho,
y en cierta manera, el Nuevo
Testamento también fomenta
una forma de fetichismo, al
ungir con ciertos
presupuestos poderes
sobrenaturales, algunos
objetos que estubieron en
contacto directo con Jesús,
como la túnica.
Incidentes como el descrito
por Mateo
en su capitulo 9, versículo
20, cuando una mujer
hemorroísa se cura de súbito
al tocar el manto de Jesús,
ayudaron a fomentar la fe
irracional en el poder de
esos objetos. No es de
extrañar, por tanto, que con
el paso de los años, todos
esos objetos fuesen
divinizados, a veces casi
tanto, o incluso más, que
sus propietarios originales.
El
filólogo e historiador
Juan Eslava Galán
clasifica sólo las reliquias
de Cristo, en varios tipos.
A saber: “orgánicas e
inorgánicas. A su vez las
orgánicas se dividen en
divinas y terrenales. Las
divinas pueden ser
hematológicas (sangres de la
Pasión o de la circuncisión;
o tierra de Getsemaní
impregnada del sudor de
sangre), odontológicas
(dientes de leche; dientes
saltados por la paliza de Mc.
14,65; o el estacazo de Jn.
18, 22), cárnicas
(prepucios) y capilares
(cabellos). Forman las
reliquias terrenales de
Cristo cuatro grandes
apartados: animales,
vegetales, metálicas y
pétreas. La reliquia animal
es, obviamente, la esponja
en que se le dio de beber
hiel y vinagre. Las
vegetales se clasifican en
lignarias o textiles.
Pertenecen a las primeras el
madero de la cruz, la
tablilla con el INRI, las
espinas de la corona, la
estaca con la que un
escriba-policía le propinó
un rapisma o estacazo en la
faz, el asta de la lanza de
Longinos y el cetro de caña;
a las segundas, los santos
pañales, las sábanas santas,
los sudarios, el Pañolón de
Oviedo, las verónicas y las
sagradas vendas. Las
metálicas son los clavos
santos, los hierros de las
santas lanzas y los
grilletes. Las pétreas, el
pesebre del portal de Belén,
el Santo Sepulcro , la
tapaderas del mentado
sepulcro, el pavimento de la
fortaleza Antonia y, en
general, las piedras que las
divinas plantas hollaron en
su peregrinar por este
mundo, tanto en su vida
privada como en la pública”.
Y todo
esto, sólo en las reliquias
relacionadas directamente
con Jesús. Si a ellas
sumamos todos los fetiches
atribuidos a la Virgen, a
los ángeles, arcangeles,
potestades, dominaciones,
serafines y demás criaturas,
o a todos los santos y
santas que en la historia
han sido, podremos hacernos
una imagen de la
inconmensurable cantidad de
reliquias que poblaron casi
cada iglesia y ermita, a lo
largo de la Edad Media.
Para el
historiador José
María Kaydeda,
poseedor de una fascinante
colección privada de
reliquias, estos objetos de
devoción han sido utilizados
como una herramienta de
control por la jerarquía de
la iglesia, que no supo
calcular las pasiones
humanas que podría llegar a
despertar la ambición por
poseer estos objetos.
En 1529
el erasmista español
Alfonso de Valdés,
queriendo demostrar que el
saqueo de Roma por
Carlos V fue un
castigo divino por el
fomento indiscriminado que
el papado hacía de las
reliquias, escribía con
escéptica lucidez:
"El
prepucio de Nuestro Señor,
yo lo he visto en Roma y en
Burgos, y también en Nuestra
Señora de Anversia(...) Los
clavos de la cruz escribe
Eusebio que fueron tres, y
el uno echó Santa Helena,
madres del emperador
Constantino, en el
Adriáticos para calmar una
tempestad, y el otro hizo
fundir en almete para su
hijo, y el otro hizo un
freno para su caballo, y
agora hay uno en Roma, otro
en Milán y otro en Colonia,
y otro en Paris y otro en
León y otros infinitos. Pues
de palo de la cruz dígoos de
verdad que si todo lo que
dicen que hay della en la C
ristiandad se juntase,
bastaría para cargar una
carreta. Dientes que mudaba
Nuestro Señor cuando era
niño, pasan de quinientos
los que hoy se muestran
solamente en Francia. (...)
Si os quisiese decir otras
cosas más ridículas e impías
que suelen decir que tienen
(...) sería para haceros
morir de risa". (Bataillon,
p. 378)
Sin
embargo, las voces críticas
que se alzaron contra el
absurdo tráfico de
reliquias, especialmente por
los protestantes de la
reforma, fueron las menos.
De ahí situaciones tan
absurdas.como los siniestros
desmembramientos de
cadáveres de los santos, con
objeto de obtener el mayor
número de objetos de culto
posibles. No debe
sorprendernos pues que
cuerpos, como el de
Santa Teresa de Ávila,
reposen hoy, cruelmente
mutilados, en diferentes
iglesias desperdigadas por
el país.
Las mil y una reliquias
En el siglo IV, a finales,
ya se habían “localizado”
las principales reliquias de
Cristo, que se han
multiplicado
“milagrosamente” con el paso
de los años: como la Cruz de
la Pasión, los clavos, la
columna donde fue flagelado
por Pilatos,
y posteriormente llegaron la
corona de espinas, la lanza
de Longinos
(que ha legado a
identificarse con la mítica
espada del rey
Arturo, Excalibur)
o la vara que se sirvió de
cetro.
En el
siglo VI ya no existia
iglesia o ermita que se
preciase, que no poseyese al
menos una reliquia
importante. Todavía hoy, los
poseedores de esos fetiches
religiosos, pueden narrar
simpáticos episodios, que
ilustran como la
mitificación de estos
objetos pervive entre los
creyentes actuales.
Jose Mª
Kaydeda, que entre otras
cosas posee una pluma del
ala del Arcangel
Gabriel, o un
prepucio de Cristo, a
sorprendido a mas de un
visitante a su museo
postrado en devota oración
ante el lujoso relicario que
escolta su colección
privada.
El mismo
Juan Eslava Galán relata
como en octubre de 1981
presenció el robo, a punta
de pistola, del cuerpo
incorrupto de Santa
Lucía, en la
Iglesia de San Jeremías, en
Venecia.
Y es que
las reliquias, más que paz
de espíritu, han supuesto
auténticos torbellinos
emocionales entre los
creyentes, encendiendo
apasionadas polémicas,
provocando hurtos, peleas y
hasta guerras.
Las
Cruzadas descargaron sobre
occidente un auténtico
aluvión de reliquias
religiosas importadas por
los “santos” Cruzados desde
Tierra Santa. La mayor parte
de ellas llegaron a Europa
entre el siglo XIV y el
siglo XIV. Y el Camino de
Santiago expandería
posteriormente esa
sacrosanta costumbre. Los
peregrinos que acudían desde
Europa, por el “camino
francés” reconfortaban su fe
visitando los mil y un
monasterios y capillas, en
los que un dedo de la santa
de turno, o un diente de un
beato cualquiera, les
otorgaban los presupuestos
dones sobrenaturales.
Todavía
hoy continuan llegando a
Santiago reliquias de
peregrinos que se quedaron
por el camino, o que eran
transportadas por viajeros
desde Jerusalén, y que, al
morir antes de concluír la
ruta Jacobea, fueron
“adoptadas” por iglesias o
monasterios de El Camino,
siento cedidas a la Cetedral
Compostelana, cinco siglos
despues de haber iniciado su
viaje.
Esa
pasión por las reliquias,
fomentada en la Edad Media,
no se limitaba al pueblo
lleno de escasa formación
cultural, en absoluto. Por
el contrario, los mayores
amantes de estos fetiches
eran los nobles, que
llegaban a empeñar grandes
fortunas en pos de completar
tan irracionales como
abundantes colecciones de
reliquias.
En 1509,
por citar solo un ejemplo,
el príncipe elector
Federico el Sabio
legó a la iglesia palatina
de Witembers su colección de
5.000 reliquias, muchas
adquiridas personalmente en
Tierra Santa. Entre las
piezas más valiosas de tan
inaudita colección -de un
valor teológico y
crematístico incalculable-,
destacaban cinco gotas leche
de los senos de la Virgen,
así como 4 pelos y varios
trocitos de su camisa.
Algunas
de esas reliquias, como el
trozo más grande de la cruz
de Cristo, conservada en
Cantabria, el Santo Grial
conservado en Valencia o el
"Pañolón" resguardado en
Oviedo, palidecen ante otro
tipo de reliquias que, según
la clasificación de Eslava
Galán, definiríamos como del
tipo “cristicas”; suptipo
“divinas”, y clase “carnicas”,
como el Santo Prepucio.
El santo prepucio de Cristo
Aunque pudiese
sonar a cachondeo, nada más
lejos. El Santo Prepucio de
Cristo ha supuesto un dilema
teológico que ha obsesionado
a los padres y doctores de
la iglesia durante siglos.
Amén de haber protagonizado
los trances y éxtasis de los
grandes místicos de todos
los tiempos.
La
explicación a esta
trascendental reliquia ha de
a de buscarse en el dogma
-decretado por Santo
Concilio- de que la
naturaleza del hombre Jesús
es a la vez divina. Pero
Jesús, como judío que era,
fue sometido a las
circuncisión, y ese trozo de
pellejo de su pene, por
lógica, habría de ascender a
los cielos de la misma forma
que ascendió todo el cuerpo
de Jesus resucitado.
Pero,
durante siglos, los grandes
pensadores de la Iglesia se
debanaron los sesos
intentando dilucidar la
respuesta al enigma: ¿se
unió el prepucio de Cristo
al resto del cuerpo tras la
ascensión física de Jesús a
los cielos? ¿acaso ascendió
una vez operado el pene del
Mesías y aguardó a la
derecha del Padre a que se
consumase la pasión de
Cristo? ¿tal vez el Prepucio
de Jesús -y la primera
sangre derramada por el Hijo
de Dios en su misión
salvífica- encerraba en si
mismo parte de la redención
prometida?
Mientras
los grandes teóricos
especulaban sobre tan
inquietante dilema
teológico, las místicas del
medievo protagonizaban
insólitos éxtasis en los que
el Santo Prepucio se
manifestaba en toda su
gloria.
Sor
Agnes Blannbekin,
por ejemplo, una monjita
mística muerta en Viena en
1715, vivía unos
espectaculares trances en
los que se le aparecía el
Divino Prepucio, comulgando
con él como lo que es: la
carne y sangre de Cristo (no
olvidemos que en el
sacramento de la comunión
precisamente comemos la
carne y sangre del Mesías).
Y, según describía en sus
extasis místicos, el Santo
pellejillo se materializaba
en su boca, con un sabor
dulce y carnoso, llenándola
de una gran sensación de
gozo.
Tras Sor
Agnes Blannbekin, otras
muchas místicas
protagonizaron comuniones
prepuciales parecidad, e
incluso se escribieron
tratados monograficos sobre
el tema, como el célebre
El sagrado prepucio de
Cristo, publicado en
1907 por el erudíto
A. V. Müller.
Como no
podía ser menos, los
traficantes de reliquias
dirigieron su atención ante
tan extimulante fetiche, y
por obra del Espiritu Santo,
comenzaron a venerarse
Divinos Prepucios en
diferentes catedrales,
basílicas, monasterios,
iglesias, ermitas y capillas
del mundo. Hoy en dia se
puede rendir pleitesía a un
prepucio de Cristo en la
basílica laterana de Roma,
pero también en Charroux, o
en Ambres.
También
se profesa devoción a un
Santo pellejo en París, y a
otro en Brujas. Existe otro
Santo Prepucio en Bolonia,
otro en Besanson, uno más en
Nancy, y otro en Mentz.
Tambien hay un divino
pellejo en Le Puy, otro en
Conques, y otro en
Hildesheim. Por no hablar
del Prepucio de Cristo de
Calcuta, el de Burgos y un
largo etcetera.
En
algunas ciudades, como
Charroux (Francia) era tal
la devoción que inspiraba el
Santo pellejo, que llegaron
a crearse cofradias
organizadas, como Hermandad
del Santo Prepucio,
encargados de custodiar la
reliquia conservada en esa
ciudad, muy venerada por las
mujeres embarazadas, o que
deseaban estarlo. |