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Hugo
de Payens, de cuya fecha
de nacimiento no tenemos
noticias, pero sí de la de
su muerte -1136- quizás
nunca hubiera pasado a la
historia de no viajar a
Palestina, lo cual le
penetró hasta lo más hondo
de sus entrañas,
fecundándole en santidad,
heroísmo y leyenda a la
usanza de la época. Todo lo
que Hugo contemplaba y vivía
era admirable y excitante,
misterioso, violento,
sugerente, mítico. No es
difícil imaginarle sudoroso,
cansado y sediento, ir de un
lado para otro; pero a la
vez, empujado por una
intensa fortaleza interior,
verle viajando por Galilea y
Samaria, visitando Nazaret,
el monte Tabor, Cafarnaúm,
el lago Tiberiades...
En Jerusalén, judía y árabe
en aquellos tiempos, caminó
y se detuvo ante el Templo,
la Fortaleza, la Vía
Dolorosa.... y Hugo, sintió
los latidos de la
inspiración en su alma y
supo entonces que había
nacido para consagrar su
vida a la defensa y
liberalización de los Santos
Lugares. Con esos latidos se
iniciaba una historia y una
leyenda.
El y ocho compañeros más,
entre los que destacaríamos
a su lugarteniente
Godofredo de Saint-Omer,
obtuvieron permiso del rey
de Jerusalén Balduino II,
para establecer su morada y
practicar sus primeras
reuniones en un lugar junto
al palacio del rey, próximo
al Templo de Salomón. Por
ello, recibieron el nombre
de Caballeros del Temple,
obteniendo y redactándose
tiempo después su
legalización y la bendición
del Papa Honorio II,
en el Concilio de Troyes. A
este grupo de valientes se
fueron integrando multitud
de caballeros, muchos de
buenas familias, dispuestos
a hacer causa común: el
salvaguardar los Santos
Lugares y asegurar el
peregrinaje de cuantos
cristianos quisieran visitar
Palestina.
A partir del Concilio de
Troyes, el número de quienes
acudían a engrosar las filas
de los Templarios se
multiplicó prodigiosamente.
A su regreso de Tierra
Santa, Hugo de Payens ya
gran maestro, recorría
Francia, Inglaterra y
España. Su palabra vibrante
y el clima de heroísmo de la
época obraron milagros.
Eran, monjes, caballeros y
soldados, pero siempre
defensores de la fe. Era una
verdadera orden religiosa,
pues sus individuos hacían
votos de castidad, pobreza y
obediencia y su objetivo
seguía siendo la defensa de
los peregrinos que se
dirigían a los Santos
Lugares.
Al regresar a Oriente en
1129, Hugo de Payens, como
primer Gran Maestre de la
Orden, viajaba con más de
trescientos caballeros de
nobles apellidos, cada uno
de ellos acompañado por
numerosos escuderos. Los
caballeros del Temple
vestían mantos blancos, con
la cruz roja concedida por
el Papa Inocencio II
y reservada exclusivamente a
los que habían hecho votos
perpetuos. En el Temple no
se admitían mujeres.
A fines del siglo del siglo
XII, la Orden estaba
integrada por 15.000 hombres
y 9.000 castillos. Fue su
gran esplendor. Sus colores
eran el blanco, el negro y
el rojo, cuyo posible
significado comentaremos más
adelante. Su armamento
consistía en cota de malla,
yelmo y armadura, escudo,
lanza, espada, daga y maza.
Los Templarios eran en
Tierra Santa, la gendarmería
de la cristiandad y en
Occidente se distinguieron
también como buenos
economistas y
administradores del dinero
que se les confiaba. Los
reyes les pedían adelantos
sobre los futuros tributos y
eran depositarios de las
colectas para las cruzadas y
para la Santa Sede.
Para formar parte de la
Orden era necesario el
realizar ciertas prácticas
iniciáticas. Algunas
sirvieron de pretexto a sus
enemigos durante su proceso.
Parece ser, que el futuro
caballero tenía que pisar un
crucifijo antes de
pronunciar sus votos. No se
trataba de renegar de
Cristo, sino de afirmar su
gloria sin tacha. Para
ellos, no fue el hijo de
Dios quien murió en la cruz,
sino un agitador político,
por el que lo sustituyeron.
No sabemos, si los
Templarios habían obtenido
de Palestina nuevos datos
sobre el misterio de la
Pasión de Jesús, o tal vez
trataban con ello, de
liberar a los judíos con los
que mantenían una estrecha
relación, de la
responsabilidad de la Muerte
de Cristo.
Disponían de aulas
esotéricas donde se
realizaban ceremonias
presididas por el secretismo
y hermetismo más riguroso.
El esoterismo que presidió
su vida se manifiesta en
forma especialísima en los
lugares donde habitaron.
Resultan notorias sus
frecuentes relaciones con
miembros de las aljamas
judías y de ellos recibieron
y perfeccionaron
conocimientos sobre
anagramas, combinaciones y
trasposiciones de las letras
hebraicas, también
conocimientos profundos de
numerología, cábala,
astrología y demás ciencias
ocultas. No olvidemos, que
la cábala servía de
fundamento a sus laberintos.
Sus colores eran el negro,
el blanco y el rojo, como
antes detallábamos. El negro
simbolizaba lo material, el
blanco la pureza y el rojo
el heroísmo. Con ello, podía
verse representado la lucha
para trascender de lo
material a lo más sublimo y
puro. La vida eterna.
También se les asocia con
las Leyendas del rey
Arturo y los caballeros
de la Mesa redonda, con el
descubrimiento de América,
ya que disponían de una
flota propia que rivalizaba
con la de Venecia y a través
de la cual transportaban su
riqueza y su poderío. Su
objetivo fue en gran parte,
ejercer el monopolio de la
navegación entre Europa y
Oriente, para lo cual
disponían de puertos en
Mallorca, en Colliure y en
Mónaco. Pero el verdadero y
gran puerto era el de La
Rochelle, supuesto lugar de
partida y llegada a América.
Uno de los aspectos más
sorprendentes en el misterio
de la Orden Templaria, fue
la figura octogonal en todas
sus construcciones: ermitas,
iglesias y castillos, y que
se repite por toda Europa.
Desde el punto de vista
simbólico el octógono
representa en enlace entre
el cuadrado y la curvatura
de la esfera. Es sabido que
en las ciencias sagradas
aplicadas al arte, el
cuadrado estaba relacionado
con la Tierra por sus cuatro
elementos o cuatro puntos
cardinales. Por eso, casi
siempre se utilizaba en el
románico o en el gótico,
como base de la columna que
se unía al arco o el círculo
situado en lo más alto del
templo o edificio. El
octógono era así, por
consiguiente, el puente que
resolvía la unión entre el
Cielo y la Tierra.
Con el transcurso de los
años, el hermetismo que
rodeaba a los templarios
hizo nacer terribles
historias, relacionadas con
el ritual de admisión de
nuevos miembros. Se hablo
que practicaban los hermanos
de la Orden, la sodomía y se
obligaba a los novicios a
besar la boca, el ombligo y
los órganos genitales del
maestro oficiante. Su
situación de monjes
guerreros y sus votos de
castidad añadieron
elucubraciones perniciosas
referentes a su sexualidad.
Ciertamente no lo podemos
conocer.
Recompensados
espléndidamente por la
Iglesia no tardaron en
despertar la envidia de los
menos afortunados, e incluso
por las altas instancias
reales y papales. Empezó a
germinar la idea de un
cambio de sus costumbres
austeras, para entregarse a
las orgías y al vicio. Las
hipótesis más atrevidas,
hacen mención a que esas
fuerzas sobrenaturales que
ellos empleaban y les
sirvieron para alcanzar la
gloria, se volvieron en su
contra. Tampoco nunca lo
sabremos con certeza, pero
de ser así lo hicieron de
una forma terrible y
despiadada. Lo veremos en el
próximo artículo. Los
templarios iban a pasar de
ser los defensores y héroes
de la Cristiandad a ser
perseguidos y masacrados por
la Santa Inquisición. El
reflejo más oscuro y
siniestro de ella.
Su drama y ocaso
En el año 1299,
hubo un atisbo de esperanza
para la cristiandad. Los
tártaros mongoles,
declararon la guerra a los
musulmanes. Era una ocasión
propicia para los caballeros
que aún luchaban en Tierra
Santa; de forma especial,
¿como no? para los
templarios, siempre en
vanguardia. Por aquel
entonces, Jacques de
Molay, en el que iba a
consumarse la gran tragedia
de la Orden, era gran
Maestre desde 1298. Jacques
de Molay no dudó en sumarse
a los mongoles, convencido
de que aquella era la última
oportunidad de imponerse a
los infieles, dueños de casi
todo el territorio.
Las batallas fueron
terribles. El éxito coronó
el empeño de tártaros y
templarios con la conquista
de numerosas plazas y sobre
todo de la ciudad santa de
Jerusalén. La victoria
conmovió a Occidente porque
aquellas victorias podían
convertirse en decisivas.
Pero no hubo tiempo de
perpetuar lo conquistado.
Los reyes de la cristiandad
no se dieron prisa alguna en
organizar tropas y ayudas.
Les preocupaban más sus
conflictos internos, sus
intrigas y sus ambiciones
personales. Los templarios,
custodios de la Ciudad Santa
poco pudieron hacer y se
retiraron. Tal vez, en ese
momento comenzó su drama.
Jacques de Molay consideró
la posibilidad de construir
en Chipre la Casa Madre de
la Orden. No fue viable el
propósito porque los
caballeros del Temple,
envidiados y odiados y sobre
todo, al sabérseles débiles,
cabalgaban hacia su ocaso.
Sin objetivos ya, sus
enemigos comenzaron a
propagar todo tipo de
noticias contra ellos.
Calumniosas o ciertas, es
difícil de precisar.
De Chipre fueron a Sicilia y
de Sicilia a Francia,
intuyéndolo pero
resistiéndose a admitirlo la
Orden del Temple carecía de
sitio en Europa. Los
monarcas celosos de sus
privilegios, no estaban
dispuestos a permitirles
intromisión alguna en
cuestiones religiosas o de
gobierno. Aún entonces,
jinetes admirables, tenían
tanta inteligencia, destreza
y rapidez, como torpeza,
lentitud y falta de
imaginación la pesada
caballería feudal. Ojos
envenenados de envidia, los
veían cabalgar por todas
partes sobre sus admirables
corceles árabes. No podían
cambiar sus vestiduras, pero
poseían preciosas armas
orientales, templadas con
fino acero y ricamente
damasquinadas.
Además la continuada
permanencia de los
templarios en Oriente
produjo una ósmosis
inevitable entre los
caballeros de la Cruz y los
caballeros de la Media Luna,
lo que iba a ser utilizado
en un futuro muy próximo
para añadir una más, a las
muchas acusaciones que se
les hicieron ante el
tribunal y el potro. Se les
empezó a acusar de
desviaciones religiosas,
traiciones a la fe,
profesión secreta de
herejías gnósticas aún vivas
en un Oriente saturado de la
sabiduría y el misterio de
Egipto.
Si añadimos a ello, que el
Gran Maestre, Jacques de
Molay, intrépido y valeroso
en mil batallas, y cristiano
a la usanza de la época; era
un hombre en exceso
apasionado, poco cauto e
incapaz de dialogar en la
sutileza, tendremos un
cuadro exacto del prólogo de
su tragedia. Pese a que los
Templarios seguían pisando
fuerte, sus pies ya eran de
barro. Jacques de Molay
llegó a Francia bajo el
reinado de Felipe IV "el
Hermoso" . Había apadrinado
a un hijo del rey y jamás
hubiera podido imaginar que
el hombre al que honró con
tal distinción, se
convirtiera en su verdugo.
Pero Felipe IV había
contraído una gran deuda con
la Orden y empezó a ver con
buenos ojos las acusaciones
que se iban vertiendo contra
ella.
Esquiu de Floyrano, hombre
oscuro y misterioso que
odiaba a muerte a los
Templarios, sin que se
conozca la causa de ello,
aprovechó el Cónclave de
Pérouse para verter
innumerables acusaciones
contra la Orden, que
transmitiría más tarde al
rey Jaime II de Aragón y a
Felipe IV. El primero de los
monarcas despreció la
denuncia, pero el segundo,
cuya alma no poseía las
cualidades del apodo de su
nombre, vio en tales
revelaciones un pretexto
para solicitar del Papa
Clemente V la fatal
extinción de los Templarios.
No conforme con ello, en
espera de la respuesta del
Papa, el rey de Francia
comenzó a cursar órdenes de
apresamiento contra algunos
de los caballeros.
El 13 de Octubre de 1307, se
daba la orden de arrestar a
los templarios y el rey se
apoderaba aquel mismo día de
la Torre del Temple de
París, con la sumisa
aprobación y hasta con el
aplauso de la alta jerarquía
eclesiástica. La sorpresa
fue tal, que la huida
resultó imposible. Algunos
caballeros se arrojaron
desde lo alto de las torres
o se ahorcaron. Tantas
fueron las arbitrariedades y
los horrores de aquel
proceso, que prefiero
omitirlos. Pero si el
"Infierno" existe y
confiemos en que no, lo que
sucedió a partir de entonces
no puede ser mucho más
horrible que lo acontecido
en el proceso contra los
Templarios. Sólo las más
retorcidas, crueles y
perversas mentes humanas
pueden imaginar tales
tormentos.
Los Templarios iniciaban un
viaje desde su ansias de
salvación eterna, de querer
conquistar la gloria de un
"Cielo" en la Tierra, al
"Infierno" de la
Inquisición. Muchos,
decididos a sufrir un
suplicio corto decidieron
declarar todo lo que les
pidieran. El día 3 de Marzo
de 1314, Jacques de Molay,
junto a otros caballeros
Templarios, a pesar de sus
declaraciones de inocencia
para sí, fueron quemados
vivos por herejes en los
arrabales de París. Se
cuenta que cuando el "Gran
Maestre" vio la hoguera
dispuesta, se desnudó y sin
titubear, quedándose en
camisa, suplicó: "Al menos,
dejarme que junte un poco
las manos para orar a Dios,
ya que voy a morir". Sus
verdugos accedieron a tal
petición y en actitud de
oración, fué consumido por
las llamas. En aquel
momento, Jacques de Molay,
lanzó una profética
advertencia al rey Felipe IV
y al Papa Clemente V: "En
poco tiempo, pagaréis
vuestros pecados. Estoy
convencido, que en poco
tiempo, Él vengará nuestra
muerte". Y curiosamente así
fue, los dos principales
verdugos del último "Gran
Maestre" del Temple,
perecieron no mucho tiempo
después, tal como había
vaticinado Molay. El Papa
Clemente V, lo hizo apenas
transcurrido un mes y el rey
Felipe IV "el Hermoso", a
consecuencia de una caída de
caballo, ocho meses después
de la ejecución de Jacques
de Molay. Esto dio pie a
otro mito sobre la Orden: el
de la "Maldición de los
Templarios"
Los miembros de la Orden que
consiguieron eludir las
cárceles hallaron piadosos
refugios en casas de
familiares y amigos y de
forma especialísima en
instituciones religiosas.
Los templarios fueron a
partir de entonces
protagonistas de toda clase
de leyendas. Se les
relacionó desde con la
Búsqueda del Santo Grial
hasta en el descubrimiento
de América, suministrando
información a Colón. Muchos,
diseminados, todavía
siguieron luchando y
perseveraron secretamente en
sus ideas. Otros, culminada
la persecución,
permanecieron ocultos,
iniciando así una nueva vida
y los más se integraron
socialmente. Desde Hugo de
Payens hasta Jacques de
Molay, habían transcurrido
cerca de trescientos años.
Creo que los Templarios aún
viven en nuestros recuerdos.
¡Simbolizan tantos valores
latentes del ser humano!.
Desearía recordar a aquellos
caballeros como los
guerreros que fueron,
defensores de los más altos
ideales, como unos
auténticos cultivadores de
las ciencias ocultas, como
los magos que perseguían la
materialidad y buscaron la
trascendencia del espíritu,
integrando la sabiduría de
los ocultos secretos de la
vida y la muerte, a la
intransigencia y
oscurantismo de la época.
Tal vez, estoy contribuyendo
a agrandar su aureola de
misterio y romanticismo,
pero no sería descabellado
pensar que utilizaron sus
conocimientos esotéricos
para cimentar su obra.
Pero no puedo evitar que
vengan a mi memoria los
terribles sufrimientos que
padecieron y que quienes
idearon aquellas atrocidades
pertenecen a nuestra
especie. Nos queda la
amargura de pensar, que toda
esa crueldad está también
latente en nosotros y presta
a manifestarse en cualquier
instante. Los inquisidores
quisieron mostrar aún en
vida a sus enemigos, los
horrores del Infierno en el
que ellos sí creían y con el
que amenazaban al que no
siguiera sus dictados.
Pero entre su gloria y su
ocaso, su esplendor y su
drama; nos queda su historia
y su leyenda. Una historia,
donde es fácil evocarlos,
cabalgando orgullosos por
las campiñas de la Europa
Medieval. Un grupo de
aldeanos, cosechando sus
sembrados, advierte su
llegada. Uno de ellos,
nervioso y excitado, vuelve
su cabeza hacia los demás y
dirigiendo su mano hacia la
lejanía, les avisa de la
presencia de los valientes
caballeros. Su voz trémula y
agitada, parece desprender
admiración, temor y respeto.
"Los Templarios" nos parece
escucharle.
Sí, parece que los estoy
viendo. Ahí vienen
victoriosos de la lucha, los
soberbios guerreros de
mantos blancos y cruz roja,
que entraron en la leyenda.
Al frente de ellos, creemos
vislumbrar juntos, a sus dos
más emblemáticos
representantes, Hugo de
Payens y Jacques de Molay.
No me importa que les
separen trescientos años de
historia, ya que fueron sus
deseos de salvación eterna,
los que les hicieron
vencedores en la batalla.
Creemos en la inmortalidad.
Pero además, para mí, quien
lucha y muere por un noble
ideal, merece sobrevivir y
perpetuarse para siempre.
Por ello, los Templarios, en
su aspiración por ganar el
"Cielo Eterno", fueron, son
y serán, caballeros
portadores de eternidad. |