|

¿Novela? ¿Ensayo
dramatizado?... ¿O quizás
algo más?
Desde la publicación de mi
libro, Las puertas
templarias (Ed. Martínez
Roca), esas tres han sido
las preguntas que más
frecuentemente me han hecho
llegar mis lectores. Y
supongo que por un buen
motivo: las 253 páginas de
esta obra, además de recoger
una trama casi policiaca que
implica a los nueve
caballeros fundadores de la
Orden del Temple, a San
Bernardo de Claraval, y
a un moderno astrofísico que
se ve mezclado en un enigma
que empezó ocho siglos
atrás, trata de desvelar el
"secreto" que convirtió a
una modestísima orden de
caballería medieval en la
más poderosa organización de
su tiempo.
Pero será mejor que empiece
por el principio.
Nuestra historia se perfila
en 1118. Jerusalén está ya
en manos cristianas, y dos
órdenes militares de
reciente creación -los
Hospitalarios (1110) y los
Teutónicos (1112)- se
encargan eficientemente de
proteger los Santos Lugares
de cualquier intento de
recuperación por parte de
los árabes. Pues bien, justo
por aquel entonces el conde
Hugo de Champaña, uno
de los hombres más
influyentes de Francia,
poseedor de más tierras y
siervos que el propio Rey,
recluta a nueve hombres de
su absoluta confianza para
cumplir una extraña misión.
El conde tiene 41 años, ha
viajado en varias ocasiones
a Tierra Santa participando
en la Cruzada que conquistó
esos territorios en 1099, y
muestra un especial interés
en que sus caballeros se
establezcan en la Jerusalén
cristiana. El entonces rey
de la Ciudad Santa,
Balduino II, les cederá
sin demasiadas
contemplaciones la plaza más
importante del burgo: el
recinto de la Cúpula de la
Roca.
Los
musulmanes habían edificado
en aquel solar una suntuosa
mezquita, levantándola justo
sobre el emplazamiento donde
un día estuvo el sancta
sanctórum del Templo de
Salomón, y bajo la cual
dejaron al descubierto una
gran roca que la tradición
asegura que había sido el
lugar en el que Abraham,
siguiendo órdenes de Dios,
había querido sacrificar a
su hijo Isaac. Pero
aquella roca significaba
mucho más.
Para los árabes, justo sobre
aquel suelo de piedra había
descendido una "escala
divina" por la que el
profeta Mahoma había
logrado ascender en cuerpo y
alma a los cielos. Fue aquel
un viaje santo en el que
dicen que el profeta
comprendió la estructura de
la creación por gracia del
propio Alá,
convirtiendo la ciudad en el
tercer lugar santo del Islam
después de La Meca y Medina.
El relato, idéntico en
muchos aspectos al que la
Biblia atribuyó siglos antes
a Jacob -que también
contempló otra de esas
"escaleras al cielo" camino
de Harrán (Génesis, 28)-,
debió excitar la imaginación
de los cruzados. Si aquella
roca era lo que decían los
infieles que era, allí debía
esconderse una especie de
"mecanismo" capaz de
conectar cielo y tierra. Una
especie de "ascensor"
sobrenatural al reino de
Dios.
Fuera o no por esa razón, lo
cierto es que los templarios
se asentaron en la Roca
-Haram es-Sharif la llaman
los árabes- entre 1118 y
1128. Su misión: proteger el
lugar y las rutas de los
peregrinos que quisieran
alcanzarla como meta
espiritual. Paradójicamente,
pese a su condición de
caballeros, durante esos
diez años de reclusión en la
ciudad los hombres del conde
Hugo no libraron ni una sola
batalla. Sus espadas no se
unieron a las fuerzas de
ocupación cristiana de
Jerusalén para luchar en los
frentes abiertos de
Antioquía a Tiberiades, ni
tampoco se preocuparon por
reclutar a nuevos caballeros
para su causa. Por el
contrario, todo parece
indicar que se concentraron
únicamente en la excavación
y desescombrado sistemático
de los establos del antiguo
Templo de Salomón,
descubriendo unas
gigantescas bóvedas
subterráneas, demasiado
grandes para albergar a unos
pocos hombres y su séquito.
Un cruzado alemán llamado
Juan de Wurtzburgo, dijo
que aquellos sótanos "eran
tan grandes y maravillosos
que podía albergarse en
ellos más de mil camellos y
mil quinientos caballos".
Y la duda, naturalmente, no
tardó en saltar: ¿buscaban
algo en particular aquellos
hombres? ¿"Algo" quizá
relacionado con la intensa
historia de aquel pedazo de
tierra?
El objeto sagrado
Muchos estudiosos de este
periodo histórico, como
Louis Charpentier,
Robert Ambelain o más
recientemente Michel Lamy,
sostienen que durante
aquellos trabajos los
templarios pudieron dar con
alguna reliquia o quizás con
documentos históricos
importantes que les hicieron
tremendamente fuertes a ojos
del Papa y las monarquías de
su época. Pero en 1945
surgió una nueva "pista":
ese año se descubrieron en
Qumrán, junto al Mar Muerto,
en Israel, algunos
manuscritos antiguos de la
época de Jesús. Uno de
ellos, el llamado Rollo del
Cobre, describía un fabuloso
tesoro formado por la
"vajilla sagrada" de
Salomón, que debía estar
enterrado en el subsuelo de
aquel lugar desde el siglo
IX a.C. ¿Buscaron los
templarios ese tesoro?
Si
hemos de creer en lo que
dice la Biblia, el ajuar del
Templo debió ser fabuloso:
un altar de perfumes de oro
macizo, una mesa para los
panes de la proposición de
cedro y oro, copas, braseros
y lámparas de metales nobles
adornaban una estancia en la
que se guardaba el tesoro de
los tesoros, "el Santo de
los Santos": el Arca de la
Alianza. Si descubrieron el
depósito que cita el Rollo
del Cobre o no, es probable
que nunca lo sepamos, pero
lo cierto es que en 1125 el
mentor de aquella expedición
de los primeros templarios,
el conde Hugo, abandonó
familia y posesiones en
Francia y se apresuró a
unirse a sus caballeros.
¿Para qué? Su precipitada
salida de Troyes demuestra,
sin duda, que el noble
recibió noticias de algún
descubrimiento fundamental
que requería de toda su
atención...
Ahí justo empieza mi novela.
Pero ahí también se inicia
la trama de un enigma
histórico de tremendas
implicaciones.
Y
es que, fuera lo que fuese
lo que hallaron los
templarios y mostraron a su
Señor, tres años después, al
regreso de la campaña de
Jerusalén, le sigue la
fulgurante ascensión de esta
organización. Se convoca un
concilio -el de Troyes- sólo
para respaldar a la nueva
milicia del conde Hugo; San
Bernardo, en 1130, redacta
los "estatutos" de la
organización, y en 1139, en
un tiempo récord, el papa
Inocencio III concedía a los
templarios unos privilegios
exorbitantes para la época,
haciéndoles independientes
hasta de la propia Iglesia,
y obligándoles tan solo a
rendir cuentas al pontífice
en persona.
La clave está en la
literatura
A partir de ahí, todo lo
relacionado con el Temple se
convierte casi en leyenda.
Ningún documento histórico
da fe de qué pudo convertir
un grupo de nueve
expedicionarios en toda una
fuerza militar, religiosa y
política de la época, y los
historiadores, casi a la
fuerza, se han visto
obligados a desembarcar en
la literatura de aquel
periodo para buscar
respuestas. Veamos: en los
albores del siglo XIII un
poeta y caballero teutónico
llamado Wolfram von
Eschembach escribe un
abigarrado texto -titulado
Parsifal (Ed.
Siruela)- en el que afirma
que los templarios son los
custodios del Grial. Pocos
años antes, en otro texto
escrito por un poeta de la
región gobernada por el
conde Hugo, cierto Chretien
de Troyes, mencionó esa
reliquia por primera vez,
describiéndola no como la
copa utilizada por Jesús
durante la Última Cena, sino
como una especie de bandeja
o losa sagrada. ¿Habían
descubierto los templarios
el Grial? ¿Y qué era ese
Grial del que nadie se había
preocupado hasta ese
momento?
Grial o Arca
Aunque tradicionalmente se
crea que el Grial fue la
copa empleada por Jesús
antes de ser sacrificado, o
incluso el recipiente
empleado por José de
Arimatea para recoger la
sangre del Mesías en la
cruz, este objeto no se cita
específicamente en ningún
pasaje de la Biblia y no
comenzará a hablarse de él
hasta bien entrado el siglo
XII. Graham Hancock,
un escritor experto en
enigmas históricos, avanzó
en 1993 la hipótesis de que
aquellas primeras alusiones
al Grial de De Troyes y Von
Eschembach escondían en
realidad una clara
referencia al Arca de la
Alianza. Según explicó
Hancock en su ensayo
Símbolo y Señal (Ed.
Planeta), el hecho de que
ambos poetas se refirieran
al Grial como una "losa"
podría estar haciendo
alusión al contenido sagrado
del Arca: las Tablas de la
Ley. Hancock, además,
encontró abundantes
referencias iconográficas al
Arca de la Alianza en las
primeras catedrales góticas
construidas en los
alrededores del Condado de
Champaña a partir del siglo
XII. Capiteles, estatuas y
vidrieras de Chartres,
Amiens, París o Reims
aludían al Arca y a su
salida del Templo de
Salomón, como si los
constructores de estos
templos supieran a dónde fue
a parar tan codiciada
reliquia.
Los constructores góticos
¿Pero quiénes fueron esos
constructores?
Increíblemente, tampoco
sabemos demasiado de ellos.
Surgen en las tierras del
conde Hugo poco después del
regreso de los primeros
templarios de Jerusalén y
manejan técnicas de
construcción inusitadas para
un tiempo en que la
arquitectura se reducía al
tosco y monolítico arte
románico. Aún así, después
del año 1000 Europa vivirá
un fervor constructivo sin
precedentes: en apenas
trescientos años -entre 1000
y 1300- se levantaron "todas
las catedrales, monasterios
e iglesias mínimamente
importantes que hay en
Francia", dice Louis
Charpentier en su obra
Los misterios templarios
(Ed. Apóstrofe). Los números
sobrecogen: son 1.108 las
abadías construidas a partir
de 950, a las que en el
siglo siguiente se sumarán
326, y otras 702 durante la
centuria posterior.
Esta última expansión
coincide, curiosamente, con
algunos de los privilegios
que se conceden a la Orden,
cuando una bula papal de
1163 conocida como Omne
Datum Optimun, otorga a
los templarios la capacidad
de conservar íntegros los
botines capturados a los
sarracenos, les exime de
pagar el diezmo por sus
propiedades aunque podrán
recibirlo de otros, les
facilita tener sus propios
capellanes -impidiendo que
nadie externo a la Orden
controlara sus movimientos-
y les permite incluso
construir sus propias
capillas e iglesias. De
hecho, no en vano algunos
historiadores creen que tras
la financiación y diseño de
las primeras catedrales
góticas se encontraban los
templarios. Sólo así se
explica la aparición de una
técnica constructiva con
elementos tan innovadores -a
la vez que arabizados- como
el arco ojival, o la
inclusión de complejos
cálculos matemáticos y
físicos en la ejecución de
unas obras en piedra que
parecían desafiar a la
gravedad.
Pero, de ser cosa de los
templarios, ¿de dónde
obtuvieron los conocimientos
necesarios para ese nuevo
modelo de arquitectura?
Más que una novela
Ahí justo es donde entra la
investigación histórica que
realicé para la redacción de
Las puertas templarias.
Mi hipótesis es que, si los
templarios accedieron a la
reliquia del Arca y a su
contenido, fue en ésta donde
descubrieron la información
necesaria para acometer esa
empresa.
No
es mi intención desvelar
demasiado la trama implícita
en mi novela "de
investigación" -así me gusta
llamarla-, pero ya aventuro
que las Tablas de la Ley no
son las primeras piedras
inscritas que entrega una
antigua divinidad a los
humanos. Mucho antes de que
Moisés recibiera en
el Sinaí tan valioso
documento, el dios de la
sabiduría egipcio Toth
entregó a los hombres unos
textos -las "tablas
esmeralda"- en los que se
contenían "todos los
secretos del cielo y la
tierra". Imhotep, el
arquitecto que construyó la
primera pirámide durante el
reinado del faraón Zoser
de la III Dinastía, recibió
los planos de su edificio en
una de esas tablas. Es más,
la idea de las mismas se
helenizó con la llegada de
los faraones ptolemáicos al
país del Nilo, convirtiendo
a Toth en Hermes
Trismegisto, y acuñando
el mito del saber inscrito
en piedra de forma tan
profunda que hasta el
Renacimiento llegarán los
buscadores de esas "tablas
esmeralda".
No
es, por tanto, demasiado
osado establecer una
relación entre las piedras
de Toth y las tablas de
Moisés, sobre todo si
pensamos que éste último, si
hemos de creer lo que dice
la Biblia, fue príncipe de
Egipto. Además, de esa forma
se explicarían las
conexiones arquitectónicas,
de proporciones matemáticas
y hasta de distribución que
existen entre algunos
templos del Antiguo Egipto y
las catedrales de los
templarios.
Es
cierto que mi investigación
en este terreno, en la que
he invertido los últimos
tres años y más de
doscientos mil kilómetros
por Europa y norte de
África, no ha hecho más que
empezar. Sin embargo ya ha
arrojado sus primeros
resultados. La existencia de
un "saber religioso" nacido
en Egipto y adoptado por los
constructores de catedrales
se demuestra en los
paralelismos existentes
entre ciertas imágenes del
Libro de los Muertos
y la estatuaria de los
tímpanos de algunos de estos
recintos cristianos. En
Vézelay o en la catedral de
Notre Dame de París, pueden
verse en sus tímpanos
principales una escena del
llamado "Juicio Final" en la
que un ángel pesa el alma de
los difuntos y decide si
condenarlos a ser engullidos
por un monstruo con cabeza
de cocodrilo o enviarlos al
descanso eterno. Pues bien,
el "Libro de los Muertos"
egipcio -un texto de más de
5.000 años de antigüedad-
describe cómo el dios Anubis
pesa el alma del faraón en
una balanza y decide si
salvarlo o condenarlo a ser
devorado por una criatura
con cabeza de cocodrilo y
cuerpo de león. ¿Casualidad?
¿Una improbable coincidencia
de conceptos barajada por
artistas de tiempos y
estilos bien distantes? ¿O
tal vez fruto de una
transmisión de conocimiento
del que los templarios
fueron sus últimos
depositarios?
Yo, desde luego, me inclino
por esto último. ¿Y usted?
"CONFIESO QUE SOY UN POCO
HEREJE"; Entrevista a Javier
Sierra
Javier Sierra sufre una
extraña "obsesión"
literaria: antes de sentarse
a escribir sus novelas tiene
la imperiosa necesidad de
viajar a los escenarios
donde éstas van a
desarrollarse. Para Las
puertas templarias su
peculiar manera de hacer las
cosas le llevó a Jerusalén,
París, Chartres, El Cairo y
hasta al monasterio de Santa
Catalina, en el Sinaí. Allá
se documentó exhaustivamente
sobre la existencia de un
plan secreto de los
templarios que les llevó a
construir templos que
imitaban sobre el suelo de
Francia la disposición de
las principales estrellas de
la constelación de Virgo. Un
plan que, según Sierra,
arrancó hace más de cuatro
mil años.
JS:
Los primeros en construir
monumentos imitando la
disposición de ciertas
estrellas fueron los
egipcios -se explica-. Las
tres grandes pirámides de la
meseta de Gizeh, en El
Cairo, imitan la disposición
de las tres estrellas
centrales de la constelación
de Orión. Una constelación
que para los faraones era la
contrapartida celestial del
dios Osiris.
MM: ¿Y por qué harían
eso?
JS: Los llamados Textos de
las Pirámides lo explican:
porque esas tres estrellas
eran lo que llamaban el Duat,
la "puerta celeste" a la que
debía dirigirse el alma del
faraón muerto antes de
entrar al más allá. Ellos
creyeron que imitando esa
"puerta" en el suelo podían
preparar mejor su viaje al
Otro Lado.
MM: ¿Y los templarios
hicieron lo mismo con las
primeras catedrales góticas?
JS: En mi novela desarrollo
una teoría que surgió en los
años sesenta. Al parecer, si
tomamos las primeras grandes
catedrales góticas -Amiens,
Chartres, Reims, Bayeaux y
Evreux- y las situamos sobre
un mapa de Francia, veremos
que la figura resultante
recuerda la forma de la
constelación de Virgo. Quizá
eso explique porque todos
estos templos se consagraron
a la Virgen, pero desde
luego parece tener que ver
con una idea del templo
sagrado que nos remite a
época de las pirámides.
MM: Pero entre pirámides
y catedrales transcurren
casi cuarenta siglos. ¿Cómo
se preservó esa idea?
JS: Ciertos grupos
musulmanes, como los
yezidís, construyeron en
Irak templos imitando la
forma de la Osa Mayor. En
Angkor Wat, Camboya, el
conjunto de templos del
lugar parece que pretendió
imitar la constelación del
dragón. Es decir, fue una
idea que se extendió por
África, Asia y Europa pero
que nadie hasta hoy parece
haber "visto". Ha sido
necesario que arqueólogos y
astrónomos amateurs se
dieran cuenta de esas
similitudes para que otros
comenzáramos a estudiarlas.
MM: ¿Eso quiere decir que
las catedrales de Francia
también se construyeron
imitando una "puerta" a las
estrellas?
JS: Yo así lo creo. A fin de
cuentas la antigua religión
egipcia y el cristianismo no
tienen tantas divergencias
como parece. Ya San Agustín
decía que los egipcios eran
el pueblo que más fe tenía
en la resurrección de la
carne, como lo demuestran
sus momias. Hasta ambos
credos tienen sus propias
cruces como símbolo de vida
o renacimiento. Por no
hablar de que el propio dios
Osiris volvió a la vida tres
días después de ser
sacrificado por culpa de
alguien de confianza. ¿No le
recuerda eso una historia
bien familiar a nosotros?
MM: Eso son ideas un
tanto heréticas, ¿no?
JS: Bueno, confieso que soy
un poco hereje -dice
sonriendo.
Anexo. ¿Llegaron los
Templarios a América?
Jacques de Mahieu, un
escritor francés
especializado en la historia
de los primeros pobladores
de América, sostiene que la
Orden del Temple trazó una
ruta de navegación secreta
entre Europa y el Nuevo
Mundo para explotar las
minas de plata del Yucatán y
aún incluso de Perú y
Bolivia. Mahieu trata así de
develar el misterio de las
enormes riquezas de las que
parecía disfrutar la Orden,
y aporta como "pruebas"
algunos paralelismos
iconográficos sorprendentes.
Por ejemplo, ídolos de
culturas precolombinas con
cruces paté grabadas en el
pecho, o incluso monolitos
de piedra como "El Monje",
hallado en las ruinas
altiplánicas de Tiahuanaco,
que Mahieu cree que es
idéntica -estilo aparte- a
uno de los apóstoles que
luce la portada gótica de
Amiens. Ambos sostienen un
libro con idéntico "cierre"
y hasta el rostro presenta
las mismas proporciones.
Pero, ¿son válidas esas
apreciaciones para decir que
los templarios llegaron a
América? Evidentemente no.
Un precedente Místico
Antes de embarcarse en la
aventura de redactar Las
puertas templarias,
Javier Sierra dedicó siete
años a la documentación de
otro caso histórico
ciertamente singular. Se
trata de los extraños
episodios que rodearon la
evangelización de Nuevo
México, Arizona y Texas a
manos de los franciscanos a
principios del siglo XVII.
Contrariamente a lo que
sucedió en otros rincones de
América, los españoles no
sólo no encontraron
resistencia alguna al
bautismo por parte de los
indígenas, sino que en
muchos poblados éstos salían
al paso de las caravanas de
religiosos para pedirles con
gestos la conversión.
¿Razones? Al parecer una
misteriosa "dama azul" se
había aparecido meses antes
en aquellas regiones,
anunciándoles el desembarco
de los europeos. Tras
descartar que fuera una
aparición de la Virgen de
Guadalupe -que se manifestó
en México menos de un siglo
antes-, los franciscanos
llegaron a la conclusión de
que aquella "dama" era una
monja de clausura soriana
que, sin salir jamás de su
convento a 11.000 kilómetros
de allí, se había "bilocado"
hasta Nuevo México para
cumplir su misión
evangelizadora. Sierra
recogió estos datos en otra
novela que, naturalmente,
tituló La dama azul
(Ed. Martínez Roca).
¿POR QUÉS?
* ¿Por qué los templarios
tuvieron como puerto
principal de su flota La
Rochelle, en la costa
atlántica francesa, cuando
en el siglo XIII el mar
comercial por excelencia era
el Mediterráneo?
*
¿Por qué los templarios, a
diferencia del resto de
órdenes de caballeros de la
época, mantuvieron tratos
intensos con los árabes?
*
¿Por qué las principales
catedrales góticas en las
que se cree que
intervinieron los templarios
tienen como elemento
iconográfico dominante el
Arca de la Alianza, que
pertenece al Antiguo
Testamento, y no muestran ni
una sola escena con Cristo
crucificado?
*
¿Por qué el rey Felipe el
Hermoso de Francia
decide en 1307 acusar de
herejía a la Orden del
Temple y logra desmantelarla
en un periodo de tiempo tan
corto? |