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Fue en
Colombia cuando, entre un
grupo de místicos que se
reunían para realizar
pruebas chamánicas, me
hablaron por primera vez de
ella. “Hay un lugar, una
waca sagrada, que sigue aún
activa. Con la ceremonia
adecuada, aún puedes oír
hablar a los Apus…”.
Los
asistentes entablaron una
acalorada discusión sobre si
se podían oír las voces del
mas allá, de los muertos, de
las almas, o de los
espíritus. El que había
hablado en primer lugar,
aportó más datos acerca de
ese misterioso lugar.
“Yo estuve allí hace años,
llegamos de noche y, tras un
ritual y la invocación,
escuché claramente unas
voces que llegaban de la
nada. Eran tan claras como
las vuestras y todas ellas
tenían sentido, un sentido
claro. No hay dudas de que
en ese lugar uno puede oír
hablar a los espíritus. Lo
llaman la Cueva de la Luna,
y es un lugar que te llama
para que te acerques hasta
él”.
La
discusión continuó y a mi se
me quedó grabada aquella
información. El anunciante
no quiso dar más datos. Si
era el tiempo y estabas
preparado y, sobre todo, si
lo necesitabas, algo te
guiaría hasta esa misteriosa
cueva. Así que no le di más
vueltas y dejé los datos
como una anécdota más.
Pronto descubriría que eran
mucho más importantes de lo
que creía...
Perú, el país mágico
Había recibido una
invitación del personal de
Promperú y no lo
dudé, me metí en el avión
con la emoción de visitar
uno de los pocos países que
me quedaban por conocer de
América. Nunca había estado
allí y, sin embargo, me
sentía maravillado por
algunos de sus lugares
míticos: Machu Pichu, el
lago Titicaca, las llanuras
de Nazca. Ahora estaba a
pocas horas de poderlos
visitar.
Llevábamos más de 8 horas de
vuelo cuando el piloto nos
avisó, de que estábamos
sobrevolando el Amazonas. El
espectáculo era increíble.
Una inmensa alfombra verde
llena de cauces de agua de
un azul intenso, se
mostraban bajo la silueta de
nuestro avión. Una imagen
que duró más de tres horas
de vuelo. Era la bienvenida
a un país único. A las pocas
horas aterrizaba en Lima, la
capital del Perú.
Allí me
esperaban para preparar mi
viaje hacia dos de las tres
regiones del Perú. Y es que
el país inca comprende tres
grandes regiones naturales:
la costa, los Andes o sierra
y la floresta amazónica.
Tenía poco tiempo y muchas
ganas de conocer, así que
enseguida me prepararon
transporte para la costa. El
destino: Ica, y sus
fabulosas Pistas de Nazca.
Si había algo en el mundo
que en ese momento desease
hacer era, por fin, después
de decenas de años, poder
conocer en primera persona
las pistas de Nazca, ese
lugar impresionante del cual
tanto había oído hablar.
Los aviadores de Ica
Apenas llegué al aeródromo
pregunte por Carlos,
un comandante de aviación
que había montado todo un
dispositivo para ver las
llanuras. Salió con las
manos llenas de grasa y tras
los saludos de rigor,
enseguida me aceptaron como
un miembro más de la
familia. De hecho Carlitos,
el comandante y dueño de las
pistas de aterrizaje desde
donde salen las avionetas
que sobrevuelan la zona
arqueológica, me pidió un
poco de tiempo, el justo
para despedir a un pequeño
grupo de turistas que
visitaba la zona. Después me
invitó a comer con él y con
otro grupo de pilotos de la
base.
Su
compañía fue todo un regalo.
Escuchaba embelesado sus
aventuras, sus
descubrimientos, sus
misiones de transporte por
la selva amazónica.
Aventuras que me hacían que
se me cayera la baba de
envidia. Carlitos, tras la
comida, lo dispuso todo para
que me llevaran a ver las
famosas figuras de Nazca. Él
no podía volar ese día y
encargó a uno de sus pilotos
el vuelo. “¿Quieres ver
las nuevas figuras que hemos
descubierto hace poco?”-me
preguntó- “Quiero verlo
todo” –le contesté.
“¿No te mareas?” -dijo
preocupándose por mi salud-
“En esa nueva zona hay
que hacer unos cuantos
viraje violentos y no nos
gustaría que ensuciaras la
avioneta, la que vas a
llevar es nueva y no estaría
bien”. “No te
preocupes, voy a estar tan
emocionado con el vuelo que
no voy a poder sentir nada
así des vueltas de campana
con la avioneta” -le
contesté-. Y nos pusimos en
marcha.
A
Walter, un pequeño mono
mascota de la base que ya me
había adoptado, no le gustó
la idea de que le
abandonara, y no se despegó
de mí. A duras penas le
soltaron de mi cuerpo y pude
abordar el pequeño avión.
Tras
media hora de vuelo,
comenzaron a aparecer las
primeras imágenes; el
mono, la araña... Era
fascinante ver aquellos
dibujos que mi mente ya
conocía gracias a los
documentales de televisión.
El piloto, Arturo, un joven
comandante del ejército, vio
mi cara de gozo y aprovecho
para realizar unas cuantas
acrobacias en el cielo. De
pronto me dijo:
“¿Quieres ver un
extraterrestre? Este es
diferente al resto de las
figuras que conoces, esta
marcado en la falda de una
montaña”. Asentí y dio
un tremendo viraje hacia la
izquierda. Poco después me
señalaba con la mano debajo
de nosotros. Y allí estaba,
una extraña y enigmática
figura salida de la mitad de
la roca de la montaña. Una
especie de monigote
saludando al espacio con una
cabeza enorme.
“No
sabemos lo que significa y
le llamamos “el
extraterrestre”. ¿A que se
parece a ET?”. Asentí
y aproveché para hacerle dos
fotografías. “Ahora nos
vamos a Palpa, son las
líneas nuevas que hemos
descubierto hace unos meses,
estas no las conoce casi
nadie”. Y hasta allí
llegamos.
Una
nueva serie de figuras
apareció ante mis ojos. Eran
semejantes a las de Nazca y
a la vez, diferentes,
llenaban toda la llanura y
la montaña cercana y la
sembraban de preguntas sin
respuesta. ¿Quién se dedicó
a realizar aquellas figuras
gigantes en mitad de la
nada?
Una
nueva señal de Arturo y
comenzamos nuestro regreso.
Por ese día había calmado mi
ansia de conocer y de ver
misterios. Pero aún me
quedaban muchas sorpresas en
el Perú misterioso.
La Ciudad Perdida
Ya en la base, y
mientras saboreaba un
refresco que había preparado
la abuela de Carlitos,
surgió de nuevo la charla, y
apareció un nuevo personaje.
El jefe de mantenimiento del
aeródromo, Guillermito, un
piloto al que habían
prohibido volar por oscuros
motivos. Él fue quien
acaparó toda mi atención.
“Llevo volando más de
treinta años. He servido en
el ejército y más tarde en
la aviación comercial.
Estuve con Erick Von
Daniken
sobrevolando las líneas y
con el equipo de la película
de Fitzcarraldo. Yo les
servía las provisiones en
mitad de la selva mientras
rodaban la película.
Aquellos si que estaban
locos...”
Era una
mezcla de demente aventurero
y buscador de tesoros
que se había pasado la vida
sobrevolando el Amazonas en
misiones tan arriesgadas
como poco confesables, eso
fue lo que al parecer le
costo su título de piloto.
No quise preguntarle más
sobre el asunto, pero no
resistí la tentación de
preguntarle sí sabia algo
sobre una ciudad perdida en
la selva a la que llamaban
el Pai Ti Ti.
Enseguida obtuve su
respuesta.
“¿Qué cuándo nos vamos hacia
allá? Le pides una avioneta
a Carlitos, parece que le
has caído bien, y nos vamos
mañana mismo. Sé el lugar
exacto donde se encuentra
esa maldita ciudad, la he
sobrevolado en tres
ocasiones. Esta perdida en
mitad de la selva, a hora y
media de vuelo de Machu
Pichu, y cuando la ves te
sobrecoge”.bEmbriagado
por la charla, le pregunté
porqué.
“Una
vez que has salido del Machu
Pichu, a menos de una hora
de vuelo, ya comienzas a ver
extrañas construcciones
tragadas por la selva. Un
poco más allá, se te caen
los calzoncillos al
sobrevolar la zona. Hay tres
pirámides gigantes que
destacan por encima de los
árboles de la selva y lo que
se adivina allá abajo es
tremendo. Debió ser un lugar
gigantesco. Lo que no
comprendo es como el
ejército Peruano no ha
entrado aún en la zona.
Nosotros tenemos el lugar
situado por el aire, por
tierra es imposible llegar
hasta él y, no existe ni un
solo claro en mas de 200
kilómetros para poder
aterrizar, a no ser que te
tires en paracaídas es
imposible acceder al lugar,
ni siquiera con
helicópteros, no hay forma
humana de posarse allí, por
eso se conserva aún intacta.
Pero si estas tan loco como
parece, si quieres, montamos
una expedición y te la
enseño desde el aire... esta
en tu mano”.
Era una
oferta tentadora, pero no
estaba preparado para el
viaje, no tenía ni el
tiempo, ni el material
necesario para poder hacerlo
en esa ocasión, así que le
hice prometer a Guille que
no olvidara su ofrecimiento
para mi próximo viaje.“Eso
esta hecho, porque nos
volveremos a ver, seguro...
ya eres de la familia y te
espero más veces por aquí,
pero ahora ven, vamos a
cenar, quiero que conozcas
al resto de los muchachos.
Pero antes debes despedirte
de Carlitos que se va a Lima
a buscar equipos de
repuestos nuevos que nos
llegan de Alemania”.
Así lo
hice. Me despedí del
comandante y quedé en
compañía de un grupo de
visionarios locos,
aviadores, que eran los
dueños de los cielos de las
pistas de Nazca.
La cena transcurrió llena de
aventuras, de anécdotas, de
vivencias de viejos y
jóvenes pilotos. Algunos de
ellos ya se aburrían de
transportar a turistas
rollizos, llegados de
todo el mundo para ver las
líneas, y estarían
dispuestos a nuevas
aventuras de descubrimiento,
así que trazamos un plan
para visitar ese lugar
mágico y desconocido que era
el Pai Ti Ti. La
charla continuó ruidosa
hasta que alguien habló de
una misteriosa cueva. “¿Cómo?”
-pregunté enseguida-.
“Sí” -Contestó Ortiz,
un piloto ya maduro-.
“Hay una cueva cerca de la
fortaleza de Sacsaguaman, en
la que puedes oír las voces
de los Apus, de los
espíritus. No es muy
conocida, pero es fácil
llegar a ella si convences a
los nativos de la zona para
que te guíen hasta el
lugar”.
Sonaba
igual que la historia que me
habían contado en Colombia;
una Cueva en la que se oían
las voces de los Apus. Y
ahora estaba mucho más cerca
de ella de lo que nunca
hubiera imaginado. Me
despedí de mis compañeros
tras unas jornadas en las
que me sentí parte de
aquella familia y, de nuevo,
con la promesa del
reencuentro, partí hacia
Lima. Al llegar a la capital
ya tenía dispuesto mi nuevo
transporte hacia la capital
imperial de los Incas. Cuzco
sería mi nuevo destino.
Cuzco, el Centro del Mundo
Nada más descender del avión
sentí esa extraña sensación.
Cuzco, la antigua capital
del imperio de los Incas,
esta situada a 3.467 metros
sobre el nivel del mar y la
altura se siente en los
cuerpos que no están
habituados. Me aconsejaron
descansar toda la mañana
hasta que me acostumbrase a
la nueva sensación.
Por la tarde, un poco mas
recuperado, aunque con un
intenso dolor de cabeza y
una fatiga crónica que me
impedía moverme con
libertad, comencé a
descubrir la ciudad.
Cuzco,
fue la mítica capital del
Imperio Incaico, ciudad
imperial y, según cuenta la
leyenda, fue fundada en el
siglo XI o XII, cuando el
primer Inca, Manco
Cápac, funda “El
Cusco” cumpliendo un mandato
del Dios Sol.
Toda la
ciudad tiene un aire de
misterio, sus calles
empedradas y los gigantescos
muros de sus casas parecen
parados en el tiempo
esperando el momento de
sacar a la luz sus
misterios. Tras un paseo
nocturno por la capital me
fui a dormir. Al día
siguiente, recuperado del
mal de altura, estaba listo
para conocer un poco la
historia de la ciudad
sagrada de los Incas. Y así
ocurrió. En muchas partes
del mundo las cosas suceden
“mágicamente” y en Perú esto
se eleva a la enésima
potencia. Si “te dejas
llevar” es frecuente que
pronto encuentres respuesta
a tus preguntas.
Caminaba
por la plaza de Cuzco
admirando los monumentos,
sin rumbo fijo, cuando
apareció un curioso
personaje. Cubierto con el
típico atuendo de los
montañeses se dirigió a mí y
me dijo: “Estas en la
ciudad sagrada, en el
ombligo del mundo, éstas
piedras que ahora contemplas
fueron un día el centro del
imperio inca”. Como no
tenía prisa decidí tomar mi
primera lección de historia
de boca de aquel extraño
individuo.
“El
imperio Inca fue uno de los
mas grandes imperios del
continente americano. Sus
dominios se extendían desde
el norte del Ecuador a la
parte central de Chile y
desde los Andes hasta la
parte meridional de Colombia
en la costa. Toda la
historia de los Incas se
basa en la presencia de
extraños dioses que les
ayudaron en su desarrollo y
les mostraron el camino a
seguir”.
Mientras le escuchaba
pensaba sí serian Dioses o
seres venidos de lejanas
galaxias. En pocos lugares
del mundo uno se llega a
sentir tan cerca de esas
“extrañas entidades”
celestes llegadas del más
allá como en esta región.
“A la tarde, si lo
deseas, podré mostrarte
algunos lugares de interés
donde podrás sentir el poder
del mundo Inca”. Había
algo en aquel tipo menudo y
tímido que inspiraba
confianza, así que fijé la
cita y me retiré.
Sacsayuaman, la Fortaleza de
los Gigantes
A las cuatro de la tarde
Ernesto, mi
nuevo guía, apareció en la
Plaza de Armas de la ciudad.
Tenía todo listo para mi
nueva visita; nuestro
destino: La fortaleza de
Sacsayuaman, justo encima de
la ciudad.
Hasta
allí subimos caminando por
calles empedradas, mientras
me asombraba de las curiosas
construcciones pétreas. Al
llegar a la cima tuve una
vista alucinante de la
ciudad. Según muchos de los
estudios realizados acerca
de la configuración de las
construcciones incas se
afirma que estos modelaban
sus ciudades como la silueta
de ciertos animales sagrados
para ellos. Así, Cuzco
tiene, en su trazado, la
forma de un Puma. Su cuerpo
es la ciudad propiamente y
la cabeza la conforma la
fortaleza de Sacsayuaman.
Desde esa perspectiva me
daba cuenta de esa extraña
forma de Puma. Y allí mismo,
donde ahora me encontraba,
estaba la cabeza. De hecho
Sacsayuaman significaba
precisamente eso, “cabeza
jaspeada”.
Sacsayuaman es uno de los
complejos arquitectónicos
más imponentes de la
humanidad. De acuerdo a la
historia, su construcción
fue iniciada por el noveno
Inca, Pachakuteq,
su construcción duró unos 50
años, hasta el período de
Wayna Qhapaq, y se
asegura que para su
construcción se mandaron
venir veinte mil hombres. Y
entre tanta maravilla, lo
que más llamaba la atención
eran esos gigantescos
bloques de piedra con que
estaba construida la
fortaleza. Hay uno que tiene
una altura de 8.5 m. y pesa
unas 190 tonelada ¿quién o
qué fue capaz de levantar
aquellas piedras gigantes y
realizar aquella tremenda
construcción? Ernesto, me
ayudó a responder algunas de
mis dudas.
“Hace unas semanas, allá
abajo, en la Plaza de Armas
de Cuzco, apareció la
respuesta a eso que te
preguntas. Se trataba de un
hombre vestido con ropas
antiguas y pieles, llegó a
la ciudad sin dinero, venía
a cambiar objetos antiguos
por provisiones. Y, ¿sabes
lo que era más extraño? Que
media dos metros y cuarenta
centímetros. Cualquiera de
nosotros a su lado era un
enano. Su visita provocó
tanta expectación que le
hicieron multitud de
fotografías. Igual que
llegó, se fue, y ¿sabes
quien era? Uno de los
gigantes, uno de esos seres
que esperan en las montañas
el regreso, era uno de los
descendientes de los seres
que movieron esas enormes
piedras”. Confundido,
escuché su explicación y
guardé silencio.
“Las
leyendas de mi tierra dicen
que los gigantes, algunos
les llaman wamani, pues
están alojados en la parte
más alta de la montaña,
están esperando a que la
humanidad evolucione lo
suficiente como para que
ellos puedan encarnar en
cuerpos adecuadamente
fuertes que aguanten su
vibración. Las montañas y
los volcanes, con sus
potentes campos
electro-magnéticos,
mantienen a estas entidades
invisibles. Se les llama con
diversos nombres: jahuayhuma
(cabeza voladora), o se les
tilda de demonios: sakhra,
supay, muki. Los apurimachay
(los que hacen hablar al Apu)
relatan ahora que los dioses
están regresando acá como
personas. Esos gigantes
están despiertos ya, y de
vez en cuando bajan a la
ciudad y se dejan ver. Ellos
son la primera señal de que
los Apus ya han comenzado a
hablar. Y aquí, muy cerca de
estas ruinas, hay un lugar
donde puedes escuchar sus
voces. Lo llaman la Cueva de
la Luna. ¿Quieres
visitarla?”
¡Una
nueva casualidad! Todo en
ese viaje me guiaba hacia
ese extraño lugar, y ahora
parecía estar mas
cerca. ¿Era una casualidad?
La casualidad es la forma en
la que Dios habla cuando no
deja su firma. Sin dudarlo,
me dejé llevar y puse rumbo
a mi nuevo destino.
La Cueva de la Luna
Ernesto había conseguido
unos caballos que nos
llevarían hasta la zona, un
complejo arqueológico poco
visitado por los turistas.
Se trataba de: Salonpunku.
El lugar también es conocido
como el "Templo de la Luna"
o "Cueva del Mono"; se
encuentra sobre el antiguo
Camino Inca que conducía
hacia el Antisuyo, y
seguramente también fue una
de las "Wakas" o adoratorios
mágicos mas importantes de
su tiempo.
Se trataba de un conjunto de
rocas natural que había sido
aprovechado, en mitad de la
nada, para crear un templo
mágico. Había figuras de
animales sagrados tallados
en la roca, monos,
serpientes, y todo
funcionaba como un
observatorio lunar. Había
una especie de falla natural
que cortaba en dos la piedra
y, en el medio, se formaba
una cueva en la que se
habían tallado alacenas para
guardar objetos. Por encima
de la gruta había una
pequeña abertura y, la media
noche de la luna llena más
cercana al solsticio de
invierno, el interior de la
cueva se iluminaba de una
forma casi mágica.
Ernesto, aquel personaje
humilde que me había
conseguido el caballo, y que
me mostró el camino hacia
esa extraña cueva de la que
tanto había oído hablar, se
transformó al entrar en el
lugar. Muchas veces había
visto esa transmutación en
seres de diferentes países.
Seres humildes, hasta
acomplejados frente a la
civilización occidental,
que, de repente, cuando
entran en su mundo, en sus
creencias, en sus rituales,
se transforman de pronto y
se convierten en gigantes,
en seres poderosos.
Algo así le pasó a mi
acompañante, de pronto,
aquel pobre tímido, se
transformó, su semblante se
llenó de luz y su porte
aumentó. A partir de ese
momento sus palabras sonaron
más poderosas.
“Este lugar ha sido
utilizado desde hace siglos
para comunicar con el mundo
de Urin Pacha. El mundo de
abajo. Este es el lugar
donde puedes oír hablar a
los Apus. Pocos son los que
poseen el secreto, pero si
lo deseas, esta noche podrás
sentirlo tu mismo”.
La
promesa sonaba tentadora. El
atardecer llegaba y no
tendría que esperar mucho,
dejé que mi caballo pastase
tranquilamente y me dediqué
a sestear en la fresca
hierba hasta que llegara el
momento. Era noche de luna
casi llena, y la vi salir
majestuosa, tiñendo todo el
cielo de un rojo intenso.
Ernesto, sacó una bolsa de
su zurrón y comenzó a
esparcir sobre el suelo,
donde previamente había
puesto un manto, unas
hierbas y polvos.
En aquella mesa de chamán
improvisada, comenzaban a
aparecer los elementos
del universo mágico
necesarios para establecer
el contacto con el
inframundo. El mundo de los
muertos que esperaban la
comunicación. Ernesto
continuó con su trabajo.
Encendió una pequeña vela
que dio algo de luz a
aquella escena. De pronto,
me pidió que me arrodillase,
me restregó unas hierbas
perfumadas, ungió mi cabeza
con unos aceites y me invitó
a caminar tras él. Así lo
hice.
Poco a
poco, fuimos a cercándonos
al interior de aquella waca.
El silencio lo llenaba todo,
los últimos campesinos hacía
ya rato que habían
abandonado el lugar, sólo
quedábamos Ernesto, nuestros
caballos, la noche y yo.
De
pronto, cuando comenzamos a
internarnos en medio de la
roca pude sentir un susurro.
¿Lo sientes?- me
dijo Ernesto-. Era casi
imperceptible. Asentí con
la cabeza y continuamos
internándonos en la roca.
Una vez dentro de la cueva,
en el hueco más amplio y
alumbrados por el resplandor
de la pequeña vela, me hizo
sentarme y esperar. No tardó
mucho en mostrarse el
fenómeno que esperaba.
Mientras
Ernesto frotaba de nuevo las
hierbas y rezaba una letanía
en voz baja, un nuevo
susurro, esta vez mas
intenso, se sintió entre las
paredes de piedra. Era tan
intenso, tan vivo, que me
puso los pelos de punta.
Ernesto y yo nos miramos, él
asintió, y por primera vez
sentí en su rostro inquietud
y temor. En voz baja me
dijo: “Hay que tener
cuidado, no siempre son
buenos los espíritus que se
muestran en este altar, hay
ocasiones en que entidades
atormentadas salen a la
tierra a perturbar a los
humanos, ¿tienes miedo?”
Le respondí que no, aunque
estuve a punto de echar a
correr.
Continuó
con su letanía y la voz se
hizo aún más intensa. Al
principio era sólo una,
luego se unió otra más, y al
rato era todo un coro de
voces diversas y
fantasmagóricas las que
llenaban aquel recinto.
Asombrado, trataba de buscar
una explicación a aquel
fenómeno. ¿El viento que se
cuela entre las rendijas de
la piedra, una alucinación,
o será verdad que estoy
oyendo esas voces? Ernesto
enseguida me dio la
respuesta.
“Son
las voces de mis hermanos...
ellos esperan el momento de
renacer. El mundo de abajo
esta listo para salir a la
superficie y divulgar los
misterios, es el momento de
revivir nuestra tradición y
dejar que el Inca se
manifieste”.
Aquellas
aseveraciones parecieron
gustar a las voces que
rugieron más intensamente.
Como pude, acerqué mi
espalda a la roca, parecía
que de un momento a otro las
voces iban a tomar forma y
acabarían manifestándose
allí mismo. La vela se iba
consumiendo y todo se
llenaba de sombras cuando,
de repente, un rayo de luz
de la luna iluminó la
estancia de la caverna. En
ese momento, Ernesto apagó
la vela.
Un nuevo
coro de voces volvió a
manifestarse. Todo parecía
rugir en medio de aquélla
catedral de piedra. La luna
iluminaba toda la estancia,
y Ernesto saludó a los
moradores de aquel lugar e
hizo que me levantara. La
ceremonia, la demostración,
había concluido.
“Podría ser peligroso estar
mas tiempo, algunas veces,
las voces no sólo suenan,
sino que toman forma y se
hacen visibles a los
humanos. En ese momento hay
que estar muy cuerdo, muy
equilibrado para ver lo que
no es visible. Por hoy ya
está bien, es mejor que nos
vayamos ahora”.
Aturdido
y con ganas de más, le hice
caso y en silencio salí de
la gruta. Afuera la noche ya
había llenado el cielo de
estrellas mientras el
resplandor de la luna lo
llenaba todo. Monté en mi
caballo y me dejé llevar
hasta la ciudad mientras
paseaba por el medio de las
ruinas de la gran fortaleza
inca, en ese momento poblada
por sombras y quien sabe si
por otras voces del pasado
que esperaban ser oídas. Al
llegar a la Plaza de Armas,
Esteban me dio su mano llena
de callos y sonrió. Antes de
partir, aún me dijo algo
más.
“En
1992 se inició un Pachacuti
positivo. La leyenda señala
que vendrán los chakarunas,
los hombres-puente, que
reivindicarán la tradición
andina, pero fusionada con
lo mejor del legado español.
Sobretodo, serán mujeres las
que reactiven el cambio.
El tiempo del Taki Onkoy ha
terminado y ha empezado el
tiempo del Inkarri.
Comenzarán a reaparecer
ciudadelas andinas ocultas
por siglos, como Caral, la
ciudad más antigua del
mundo. No obstante, eso sólo
sera el principio, pues se
encontrarán muchos más
Machus Pichus y Carales,
pero, lo más importante será
el descubrimiento de las
bibliotecas incas y el
renacimiento de mi pueblo”.
No dijo
nada más, no quiso nada mas.
Sólo mi cara de asombro por
lo que había vivido esa
noche fue su
recompensa. Sin saber que
era exactamente lo que había
ocurrido caminé hasta el
hotel y procuré dormir un
poco, sin tratar de buscar
demasiadas explicaciones. En
aquel país aún me esperaban
muchos lugares por
descubrir, el misterio del
lago Titicaca y su puerta
dimensional, el Aramu Muro,
o la ciudad dormida del
Machu Pichu. O el mundo
perdido de Kuelab una
fabulosa ciudad perdida en
mitad de la selva... pero
esa ya es otra historia…
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