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Es la
más importante y antigua
leyenda de las Islas
Canarias. La Isla de San
Borondón se deja ver en el
océano, al oeste del
archipiélago, para seducir
las almas de los isleños,
que no pocas expediciones en
pos de ella hicieron, en el
transcurrir de los siglos,
en singular singladura
enigmática, la Isla de San
Borondón navega, alimentando
ilusiones de quienes quieren
verla.
Realmente la leyenda es
bastante extendida en toda
la Región Canaria, y es, en
los mayores,
fundamentalmente donde más
reside la tradición oral.
Siempre he sabido de la
enigmática isla que no
existe, pero que, se deja
ver caprichosamente ante los
sorprendidos ojos de los
isleños occidentales, en una
regia y calmada visión, que
nunca olvida el que la ve.
Durante
años pensé que la Isla que
se veía, según la tradición,
eran simplemente nubes en
lontananza, que, por su
color azulado – tal como
islas lejanas -, se dejaran
ver, y, aún así, era bonita
y enigmática la leyenda.
También es cierto que, pese
a que el nombre de San
Borondón es conocido, son
sólo a medias, pues, no
todos son los que conocen el
verdadero alcance y magnitud
de tal suceso, la tradición
que corre de boca en boca es
bastante imprecisa.
Realmente estaba equivocado
y al profundizar en el tema,
me vi desbordado a una
precipitada carrera de
libros y apuntes, siendo
anecdótico comprobar que,
para ser una isla que no
existe, tiene una muy
abundante bibliografía. A
meses vista desde el
comienzo de mi pasión por
nuestra querida “Isla
Ballena”, se me antoja
grande y voluminosa la
cantidad de horas, apuntes y
tomos de diferentes autores
que no he podido evitar el
adquirirlos. Siendo a mi
juicio, una fenomenología
muy importante dentro de la
tradición y costumbre de
esta tierra canaria, a pesar
de la erosión a la
tradición, dejada de lado
por las nuevas generaciones.
La Transcendencia en el
acervo cultural, ha sido
denominado por los eruditos
como el “samborondonísmo”,
lo que da una idea del
alcance global.
« Un
buen día de verano, temprano
en la mañana, al subir un
repecho en los pinares,
allá, en el horizonte, donde
siempre ha habido el mar, la
vi. Era espectacular, no me
esperaba ver nada igual, iba
entretenido en mis
quehaceres, me quedaba una
larga jornada y no menos
larga caminata por entre los
pinares de la Isla del
Hierro. Enmudecí y mi
corazón dio un vuelco, pues,
comprobé que eran ciertos
los relatos de los abuelos.
Allí estaba San Borondón, la
misma que tanto había oído
en mis años de niñez. La vi
con total claridad, vi sus
cumbres, sus playas, los
profundos y muy arbolados
barrancos; toda la isla era
verde, riscos y montañas,
rocas, el mar bravío
rompiendo contra sus
acantilados. No sé ni el
tiempo que estuve allí
contemplándolo: ¿Horas?
¿Minutos? No lo sé. El
tiempo careció de interés,
pues no podía despegar los
ojos de aquella maravillosa
isla que, como una reina,
estaba altiva en el
horizonte, tal como
recordaba los relatos
legendarios. Ante mí asomó
una duda: ¿porqué se me ha
aparecido precisamente a mí,
que nunca creí en leyendas?
No puedo saberlo, pero no he
vuelto a ser el mismo, ahora
San Borondón, tras
desaparecer en el horizonte
del mar, vino a alojarse en
mi alma, allá donde ya nunca
más ha salido. »
Este
relato, que perfectamente
podría haberse dado
recientemente, es un modelo
de los testimonios que por
cientos han habido de las
apariciones de la Isla de
San Borondón. Sólo cambia en
las fechas, los lugares en
donde la han visto los
testimonios y en la
abundante y variopinta
colección de personas que la
han vivido, de todas las
clases sociales y
estamentos. Todos ellos
tienen unos denominadores
comunes bastante
coincidentes. Aquí está el
testimonio, aquí está el
misterio.
La Isla
de San Borondón, la isla más
isla, la más recóndita, aún
hoy virgen, es, la que
aparece por casualidad, y
que cuando se busca, jamás
se encuentra. ¿Qué es lo que
tu misterio encierra?
Aparece donde no la hay, en
medio del mar, magnánima,
misteriosa, allí donde los
hombres siempre han deseado
ir. Su inaccesibilidad y
carácter huidizo que la
hacen deseable. ¿Por qué
extraña provisión divina o
diabólica no estás siempre
visible? ¿Por qué siempre
oculta? Tal como apareces,
te vas, envuelta en la bruma
del misterio, desapareces
tras las nubes, haciendo
afortunados sufridores a tus
testigos, los cuales, tienen
parcela en su alma siempre
para ti. ¡ San Borondón!
¡Vuelve a aparecer, para
verte otra vez!.
La zona
donde aparece está
comprendida entre el
Sudoeste de la Isla de La
Palma y el Noroeste de la
Isla del Hierro, que, junto
con La Gomera, son los tres
sitios de máxima aparición.
Siempre al Oeste del
archipiélago. Muchos son los
que han querido decir que
eres isla viajera, pues un
día apareces aquí, otro
allá. Lo cierto es, que
siempre estás al lado de tus
tres hermanas.
Se dice
de ella que es una isla a
todas luces inaccesible.
Otros dicen que es la isla
itinerante, o la isla
ballena; aunque hoy día la
teoría más aceptada es que
es un reflejo a modo de
espejismo que regala el
océano a los pocos y
privilegiados que la llegan
a ver. Aunque hay autores
muy audaces que dicen de
ella que es una nave de
entidades extraterrestres,
descendientes de la
Atlántida, o como isla
ballena.
Mucho se
ha hablado de su origen,
situándose como nubes o
celajes, espejismos, isla
máquina o nave, aunque es en
el grupo de las islas
mágicas donde mejor se puede
encuadrar, perteneciendo a
éste grupo como lo son la
Antilia, Brasil, etc.
La
frecuencia y fidelidad de
sus apariciones con relación
a la geografía fue el motivo
por el cual la Isla de San
Borondón fue representada en
numerosos mapas y portulanos
de entre los siglos XIII
hasta bien entrado el siglo
XVIII, lo cual conllevaría
las múltiples tentativas de
conquista que ha habido a lo
largo de toda la historia de
las Islas Canarias. Cierto
es que también hay mapas en
que se la ha representado
cerca de las costas de
Terranova o al Sudoeste de
Irlanda, así como también en
las proximidades de La Isla
de Madeira.
Ya Fray
J. Abreu y Galindo, en su
obra Historia de la
Conquista de las Siete Islas
Canarias, fue de los
primeros en atreverse –
entre otros -, a darle las
coordenadas de su ubicación
tal y como escribe: « La
Isla de San Borondón, que es
la octava y final, a lo que
se pueda colegir del viso y
apariencias, parece estar a
10 grados 10 minutos de
longitud y en 20 grados y 30
minutos de latitud. »
Aparece
en los meses de verano con
mayor frecuencia, no
recordándose haberse visto
durante los meses de
invierno. Se menciona por
primera vez como “Isla
Perdida” en el siglo XI en
la obra del monje Gaunilo, y
también es citada por el
enciclopedista Honorius
Augustusdunensis en su Obra
"De Imagine Mundi”, quien
relaciona la “Isla Perdida”
con el viaje de San Brendán,
aunque se tiene la fundada
sospecha de que fue el
cosmólogo Ptolomeo - 145
d.C. aproximadamente, que
vivió en tiempos del
Emperador Marco Antonio -,
quien primero la cita, pues,
relaciona las Islas del
Archipiélago Canario como
seis islas, y la más
occidental, lleva por nombre
«Aprositus», que significa
“la inaccesible”, creyéndose
que ya en aquella época se
tenía noticias de la isla
que desaparece y que está
junto a las Islas Canarias.
En sus
apariciones, se han
levantado planos y dibujos
de su silueta, con gran lujo
de detalles, siendo curioso
el fenómeno, ya que, pese a
los siglos en que lleva
apareciéndose, su silueta es
muy similar de una a otra
aparición. Así como multitud
de relatos de toda clase de
testigos, siendo de la más
variopinta estratificación
sociocultural, abarcando
desde obispos, curas,
militares, alcaldes,
médicos, pueblo llano,
pescadores, navegantes,
campesinos, etc. Fue
precisamente esta virtud por
la cual el insigne
historiador de Canarias D.
Joseph Viera y Clavijo, no
descartaba los múltiples
testimonios que afirmaban
haber visto la mítica Isla
de San Borondón, siendo
elevado el número de
testigos de reputación,
descartándose que fueran
elucubraciones del “vulgo”.
Generalmente, suele verse en
días muy claros,
cristalinos, despejados y
sin nubes. Aparece sobre el
océano una isla, que tiene
sus montañas, contornos,
barrancos con sus sombras,
playas, mucha masa forestal,
cantiles donde rompen las
olas, perfectamente claro y
delimitado. Al que la ve, no
le cabe la menor duda de su
existencia, ni tampoco de
que es una más de las Islas
Canarias. También se observa
que aparece más
frecuentemente cerca de los
amaneceres o los
atardeceres, hasta
desaparecer, durando su
aparición desde un par de
horas hasta casi un día
completo, habiendo
testimonios de ver ponerse
el sol tras las montañas que
conforman dicha isla.
En la
multitud de testimonios
tenemos también otros de
gran interés, y son los
testimonios de marineros que
han arribado por azar a sus
costas. Relatos de navíos
que, tras una fuerte
tormenta, han llegado a sus
riberas a una extraña y
aparente isla virgen, donde
han desembarcado, visto
extrañas plantas, idílicas y
solitarias playas, espesos
bosques, abundancia de
ganado, huellas de seres
humanos de medidas mayores,
inscripciones extrañas,
etc., y que, llegado un
momento, se levanta un
fuerte viento que les obliga
a embarcarse de nuevo y, ya
alejados de la costa, jamás
vuelven a dar con la isla.
Así como relatos de
marineros que, viajando de
las América a España, han
pasado por Canarias, y,
creyendo haber pasado por La
Isla de la Palma, dan con
ella al día siguiente de
navegación.
En las
playas del Hierro y la
Gomera, tras una tormenta
producida en la zona en la
que supuestamente se halla
la isla de San Borondón, ha
hecho aparición ramas,
extraños frutos, limones y
hasta árboles enteros
arrancados.
Pese a
que aparece en condiciones
atmosféricas óptimas, se
habla en muchos testimonios
de que, ésta isla,
desaparece entre unas nubes
o “celajes” que llegan a
cubrirla completamente, y,
al desaparecer éstas, ya no
queda rastro visible de la
isla. Como podemos ver, el
misterio está servido.
Dentro
del arraigo popular, está
también la leyenda de que,
aquel que llega a ver el
último rayo de sol, el rayo
verde, verá con toda
seguridad, la mítica isla
donde moran los sueños y los
mitos de los Canarios.
La
iconografía de la isla es
bastante amplia,
considerándose por mucho
tiempo como realidad
tangible, creándose multitud
de teorías para explicar el
porqué de su
inaccesibilidad. Los más
osados alzaron planos de la
Isla, croquis, mapas, ya
figurando en el Planisferio
de Ebstof (1.234), como
“Isla Perdida y nadie ha
podido encontrar”, así como
en el Mapamundi de Hereford,
llamándola Islas de San
Brendán (1.275). También el
ingeniero italiano Leonardo
Torriani, en su obra: «La
Descripción e Historia de
las Islas Canarias» (1.590),
nos habla de la Isla de San
Borondón y alza un mapa de
la misma, - confundiéndola
con la Isla de la Antilia -,
y ubicando en ella las
míticas siete ciudades,
fundadas por los Siete
Obispos, que, según la
leyenda, en tiempos de la
conquista de la Península
Ibérica por los árabes, y
huyendo de éstos, se
internaron con su pueblo mar
adentro, llegando a la Isla
de la Antilia, y por
protección divina, vivían en
una isla donde no les
faltaba de nada en medio de
una existencia idílica.
La
topografía de la Isla que se
puede deducir a la luz de
los testimonios abundantes,
ya desde poco después de
finalizada la conquista de
las Canarias, nos habla de
una isla que es más larga
que ancha, orientada de
norte a sur, donde está
dominada por dos montañas,
divididas por una degollada
o ensilladura central que
viene a estar hacia el
centro de la isla, siendo la
montaña septentrional de
mayor altura que la
meridional. Sorprende su
espesa masa forestal que
casi llega hasta el mismo
mar. De profundos y oscuros
barrancos, hermosas playas y
acantilados agrestes. Se le
suponen exóticas especies de
árboles y plantas,
abundancia en fauna, etc.,
así como también de la
posibilidad de estar
habitada por seres de
similares características a
los hombres, aunque no se
reconoce que se haya visto
en ella edificaciones,
caminos o construcciones.
La leyenda de San
Brendán
El nombre de San
Borondón viene dado por la
derivación de
San Brendán,
que fue un Santo Irlandés
nacido a finales del siglo
V, por el cual recibió el
nombre esta Isla. De los
múltiples nombres que
recibe, es San Borondón el
más extendido, teniendo
además otros nombres como:
Aprositus, Non Trubada,
Encubierta, Isla Perdida,
Inaccesible, Isla de las
Siete Ciudades, San Blandano,
San Brandán, San Balandrán,
etc.
Cuenta la Leyenda que San
Brendán de Cluainfort, en el
condado de Kerry, nació en
la ciudad de Tralea en el
484 y murió en la ciudad de
Annaghdown en el 577.
Fundó una abadía en Tralea.
Según el Códice del Siglo
IX, Navigatio Sancti
Brendani Abbatis, San
Brendán era padre de 3.000
monjes, hombre santo y
virtuoso, que recibió una
visita de otro monje
pariente suyo llamado
Barinto, que le refirió
haber estado en una isla -
junto con otro monje -, que
se suponía que era el
paraíso, donde nunca se
ponía el sol, siempre había
luz o era de día, en donde
no se sentía necesidad de
comer, beber, etc., cuyo
suelo era de piedras
preciosas, que su flora era
abundante, repleta de
árboles atestados de ricas
frutas, pájaros, etc., que
caminando por ella llegaron
a un río que determinaba una
zona donde sólo los hombres
santos que ya habían
fallecido, por mandato de
Dios vivían tras ese río,
tal como les fue comunicado
por un ser luminoso que
tomaron por un ángel y que
dirigiéndose a ellos dos por
su nombre: Barinto y Mernoc,
les dijo que regresaran ya a
su lugar de procedencia.
Curioso es que durante su
estancia en dicha isla, que
les pareció de quince días,
resultó que, para el resto
de los monjes que los
esperaban de un año
terrestre, y que la referida
Isla “paraíso”, estaba
rodeada de espesas nieblas
que la cubrían
permanentemente de todas las
miradas.
Decidió embarcarse San
Brendán y San Maclovio en
una nave, hecha de pieles de
animales impermeabilizadas
con su vela y sus remos, en
compañía de otros 14 monjes,
para que, guiados por la
mano de Dios, llegar al
paraíso. Tras un viaje de
siete años, viajando por
mares procelosos, llenos de
extrañas criaturas, y
visitando multitud de islas
que rivalizaban en misterio.
Un día, tras mucho navegar,
imploraron a Dios Santísimo
que les concediese la virtud
de que apareciera tierra
firme para poder celebrar
dignamente el rito de la
Pascua llegaron a una isla
pedregosa donde realizaron
sus aprovisionamientos y
pusieron una olla a
calentar, tras lo cual, la
isla comenzó a moverse como
una ola. Los monjes
corrieron hacia su
embarcación, dejando su olla
y su lumbre, alejándose de
aquella isla, la cual,
también se alejaba de ellos,
descubriendo que no era tal
isla. Calmó San Brendán a
los monjes diciéndole que no
tuvieran miedo: « Dios me
reveló esta noche en visión
este misterio. No es Isla,
allí donde estuvimos, sino
pez, el primero de todos los
que nadaron en el mar. Anda
siempre queriendo estirar la
cabeza hasta la cola y no
puede por la longitud. Es
ese pez al que llaman
Jasconio. » De aquí la
leyenda que vincula la Isla
de San Borondón con la
Leyenda de Jasconio y San
Brendán, aunque cabe reseñar
que al final, tras mucho
vagar, de encontrar una
columna de cristal que se
elevaba del fondo del océano
hasta el cielo, y vuelta a
empezar el itinerario
durante siete años, al final
llegan al ansiado paraíso y
disfrutan de su
contemplación.
Según la leyenda allí mismo
San Maclovio resucita un
muerto, que no era otra cosa
sino un gigante, que fue
bautizado y adoctrinado en
los ritos sagrados y en el
conocimiento de las Santas
Escrituras. El gigante, que
fue bautizado con el nombre
de Mildum, y les refirió del
vivir de sus gentes, etc.,
siéndoles de ayuda a San
Brendán y a San Maclovio, y,
tras quince días con ello,
obtuvo permiso de éstos para
volver a morirse y disfrutar
del paraíso al que van los
cristianos.
Tras su visita al paraíso,
regresan a su lugar de
origen, donde contaron su
aventura a los monjes que
allí quedaron aguardando su
regreso. Falleciendo San
Brendán al poco, tal como le
fue revelado en aquella
isla.
No es de extrañar que, a los
testigos isleños, tras la
aparición de la Isla
Encantada al Oeste de Las
Canarias, se les antojase
que no era otra sino la Isla
de San Brendán, quedando
para siempre anclada en las
tradiciones y los corazones
de los canarios.
Dentro del acervo popular,
San Borondón es la Isla
Ballena, pues aparece en la
misma zona, pero, con
pequeñas variaciones, es la
Isla de los Bienaventurados,
pues es el Paraíso que
encontraron San Brendán y
San Maclovio; es la Isla
Nube, pues, de esto estaba
rodeado el paraíso, y así un
largo etcétera.
Las expediciones
A lo largo de la
historia ha habido muchas
expediciones para intentar
acercarse y conquistar tan
ansiada isla siendo todas
ellas infructuosas, de las
que citaré de las muchas que
se realizaron, la de 1.526,
realizada por los vecinos de
Gran Canaria Francisco
Alvarez y Hernando de Troya.
La de 1.556: El portugués
Roque Nuñez, sus hijos y un
cura Palmero llamado Martín
Araña fueron desde La Palma
hacia San Borondón, y por lo
visto bien cerca de la isla
estuvieron, pues estalló la
polémica entre el cura y
Roque Nuñez sobre quién de
ellos dos debería tener el
honor de desembarcar
primero; al no ponerse
deacuerdo, volvieron a La
Palma. La de 1.570
protagonizada por el Regidor
y depositante General de La
Palma Hernando de
Villalobos. Y la más
importante y última oficial
que hubo, me refiero a la de
1.721, realizada bajo
mandato del Capitán General
de Canarias el Excmo. Sr.
Juan de Mur y Aguirre, que
antes de decidirse, ordenó a
las tres islas occidentales
una profunda investigación,
y a la luz de los
resultados, se realizó la
empresa con 3 naves y tropa.
La última
investigación: ¡San Borondón
hallada!
En el año 1.997, el
Buque Oceanográfico de la
Armada Española “Hespérides”
realizó una serie de
trabajos de sondeo con un
nuevo equipo para trazar la
cartografía del fondo de las
islas canarias. Se halló un
espectacular bloque de
tierra, procedente de la
Isla de Tenerife sumergido a
unos 2.700 metros de
profundidad y a 60
kilómetros al norte del
municipio tinerfeño de
Buenavista. Esta “Isla”
hallada, de 8 kilómetros de
largo y que es algo mayor
que la Isla de La Graciosa
(norte de Lanzarote), fue
bautizada con el nombre de
San Borondón por respeto a
la tradición oral del
archipiélago por parte del
equipo del “Hespérides”. Con
lo cual, y a la vista de
esto, podemos afirmar, que
al menos “uno” de los San
Borondones, ya existe.
Para finalizar, quiero
reseñar que el fenómeno de
San Borondón no es meramente
un simple y discutible
efecto de refracción de la
luz en el horizonte; es
mucho más, parte del alma de
este Pueblo Canario, que,
tiene como custodio de sus
ilusiones, tradiciones y
creencias, a un Santo, que
habita en una Isla, con sus
siete Obispos a lomos de una
ballena y sirve como
referencia obligada a lo que
se ha dado en llamar “La
Canariedad”. San Borondón,
es parte de estas Islas, de
este Pueblo, y reside en sus
corazones y sus mentes, en
su eterno navegar, allá
donde todos los Canarios,
somos iguales.

Artículo originalmente
aparecido en la revista
Karma 7 (nº 137) del mes de
julio del año 2000
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