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LA ISLA DE SAN BORONDÓN

Por  Luis Javier Velasco

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Es la más importante y antigua leyenda de las Islas Canarias. La Isla de San Borondón se deja ver en el océano, al oeste del archipiélago, para seducir las almas de los isleños, que no pocas expediciones en pos de ella hicieron, en el transcurrir de los siglos, en singular singladura enigmática, la Isla de San Borondón navega, alimentando ilusiones de quienes quieren verla.

Realmente la leyenda es bastante extendida en toda la Región Canaria, y es, en los mayores, fundamentalmente donde más reside la tradición oral. Siempre he sabido de la enigmática isla que no existe, pero que, se deja ver caprichosamente ante los sorprendidos ojos de los isleños occidentales, en una regia y calmada visión, que nunca olvida el que la ve.

Durante años pensé que la Isla que se veía, según la tradición, eran simplemente nubes en lontananza, que, por su color azulado – tal como islas lejanas -, se dejaran ver, y, aún así, era bonita y enigmática la leyenda. También es cierto que, pese a que el nombre de San Borondón es conocido, son sólo a medias, pues, no todos son los que conocen el verdadero alcance y magnitud de tal suceso, la tradición que corre de boca en boca es bastante imprecisa. Realmente estaba equivocado y al profundizar en el tema, me vi desbordado a una precipitada carrera de libros y apuntes, siendo anecdótico comprobar que, para ser una isla que no existe, tiene una muy abundante bibliografía. A meses vista desde el comienzo de mi pasión por nuestra querida “Isla Ballena”, se me antoja grande y voluminosa la cantidad de horas, apuntes y tomos de diferentes autores que no he podido evitar el adquirirlos. Siendo a mi juicio, una fenomenología muy importante dentro de la tradición y costumbre de esta tierra canaria, a pesar de la erosión a la tradición, dejada de lado por las nuevas generaciones. La Transcendencia en el acervo cultural, ha sido denominado por los eruditos como el “samborondonísmo”, lo que da una idea del alcance global.

« Un buen día de verano, temprano en la mañana, al subir un repecho en los pinares, allá, en el horizonte, donde siempre ha habido el mar, la vi. Era espectacular, no me esperaba ver nada igual, iba entretenido en mis quehaceres, me quedaba una larga jornada y no menos larga caminata por entre los pinares de la Isla del Hierro. Enmudecí y mi corazón dio un vuelco, pues, comprobé que eran ciertos los relatos de los abuelos. Allí estaba San Borondón, la misma que tanto había oído en mis años de niñez. La vi con total claridad, vi sus cumbres, sus playas, los profundos y muy arbolados barrancos; toda la isla era verde, riscos y montañas, rocas, el mar bravío rompiendo contra sus acantilados. No sé ni el tiempo que estuve allí contemplándolo: ¿Horas? ¿Minutos? No lo sé. El tiempo careció de interés, pues no podía despegar los ojos de aquella maravillosa isla que, como una reina, estaba altiva en el horizonte, tal como recordaba los relatos legendarios. Ante mí asomó una duda: ¿porqué se me ha aparecido precisamente a mí, que nunca creí en leyendas? No puedo saberlo, pero no he vuelto a ser el mismo, ahora San Borondón, tras desaparecer en el horizonte del mar, vino a alojarse en mi alma, allá donde ya nunca más ha salido. »

Este relato, que perfectamente podría haberse dado recientemente, es un modelo de los testimonios que por cientos han habido de las apariciones de la Isla de San Borondón. Sólo cambia en las fechas, los lugares en donde la han visto los testimonios y en la abundante y variopinta colección de personas que la han vivido, de todas las clases sociales y estamentos. Todos ellos tienen unos denominadores comunes bastante coincidentes. Aquí está el testimonio, aquí está el misterio.

La Isla de San Borondón, la isla más isla, la más recóndita, aún hoy virgen, es, la que aparece por casualidad, y que cuando se busca, jamás se encuentra. ¿Qué es lo que tu misterio encierra? Aparece donde no la hay, en medio del mar, magnánima, misteriosa, allí donde los hombres siempre han deseado ir. Su inaccesibilidad y carácter huidizo que la hacen deseable. ¿Por qué extraña provisión divina o diabólica no estás siempre visible? ¿Por qué siempre oculta? Tal como apareces, te vas, envuelta en la bruma del misterio, desapareces tras las nubes, haciendo afortunados sufridores a tus testigos, los cuales, tienen parcela en su alma siempre para ti. ¡ San Borondón! ¡Vuelve a aparecer, para verte otra vez!.

La zona donde aparece está comprendida entre el Sudoeste de la Isla de La Palma y el Noroeste de la Isla del Hierro, que, junto con La Gomera, son los tres sitios de máxima aparición. Siempre al Oeste del archipiélago. Muchos son los que han querido decir que eres isla viajera, pues un día apareces aquí, otro allá. Lo cierto es, que siempre estás al lado de tus tres hermanas.

Se dice de ella que es una isla a todas luces inaccesible. Otros dicen que es la isla itinerante, o la isla ballena; aunque hoy día la teoría más aceptada es que es un reflejo a modo de espejismo que regala el océano a los pocos y privilegiados que la llegan a ver. Aunque hay autores muy audaces que dicen de ella que es una nave de entidades extraterrestres, descendientes de la Atlántida, o como isla ballena.

Mucho se ha hablado de su origen, situándose como nubes o celajes, espejismos, isla máquina o nave, aunque es en el grupo de las islas mágicas donde mejor se puede encuadrar, perteneciendo a éste grupo como lo son la Antilia, Brasil, etc.

La frecuencia y fidelidad de sus apariciones con relación a la geografía fue el motivo por el cual la Isla de San Borondón fue representada en numerosos mapas y portulanos de entre los siglos XIII hasta bien entrado el siglo XVIII, lo cual conllevaría las múltiples tentativas de conquista que ha habido a lo largo de toda la historia de las Islas Canarias. Cierto es que también hay mapas en que se la ha representado cerca de las costas de Terranova o al Sudoeste de Irlanda, así como también en las proximidades de La Isla de Madeira.

Ya Fray J. Abreu y Galindo, en su obra Historia de la Conquista de las Siete Islas Canarias, fue de los primeros en atreverse – entre otros -, a darle las coordenadas de su ubicación tal y como escribe: « La Isla de San Borondón, que es la octava y final, a lo que se pueda colegir del viso y apariencias, parece estar a 10 grados 10 minutos de longitud y en 20 grados y 30 minutos de latitud. »

Aparece en los meses de verano con mayor frecuencia, no recordándose haberse visto durante los meses de invierno. Se menciona por primera vez como “Isla Perdida” en el siglo XI en la obra del monje Gaunilo, y también es citada por el enciclopedista Honorius Augustusdunensis en su Obra "De Imagine Mundi”, quien relaciona la “Isla Perdida” con el viaje de San Brendán, aunque se tiene la fundada sospecha de que fue el cosmólogo Ptolomeo - 145 d.C. aproximadamente, que vivió en tiempos del Emperador Marco Antonio -, quien primero la cita, pues, relaciona las Islas del Archipiélago Canario como seis islas, y la más occidental, lleva por nombre «Aprositus», que significa “la inaccesible”, creyéndose que ya en aquella época se tenía noticias de la isla que desaparece y que está junto a las Islas Canarias.

En sus apariciones, se han levantado planos y dibujos de su silueta, con gran lujo de detalles, siendo curioso el fenómeno, ya que, pese a los siglos en que lleva apareciéndose, su silueta es muy similar de una a otra aparición. Así como multitud de relatos de toda clase de testigos, siendo de la más variopinta estratificación sociocultural, abarcando desde obispos, curas, militares, alcaldes, médicos, pueblo llano, pescadores, navegantes, campesinos, etc. Fue precisamente esta virtud por la cual el insigne historiador de Canarias D. Joseph Viera y Clavijo, no descartaba los múltiples testimonios que afirmaban haber visto la mítica Isla de San Borondón, siendo elevado el número de testigos de reputación, descartándose que fueran elucubraciones del “vulgo”.

Generalmente, suele verse en días muy claros, cristalinos, despejados y sin nubes. Aparece sobre el océano una isla, que tiene sus montañas, contornos, barrancos con sus sombras, playas, mucha masa forestal, cantiles donde rompen las olas, perfectamente claro y delimitado. Al que la ve, no le cabe la menor duda de su existencia, ni tampoco de que es una más de las Islas Canarias. También se observa que aparece más frecuentemente cerca de los amaneceres o los atardeceres, hasta desaparecer, durando su aparición desde un par de horas hasta casi un día completo, habiendo testimonios de ver ponerse el sol tras las montañas que conforman dicha isla.

En la multitud de testimonios tenemos también otros de gran interés, y son los testimonios de marineros que han arribado por azar a sus costas. Relatos de navíos que, tras una fuerte tormenta, han llegado a sus riberas a una extraña y aparente isla virgen, donde han desembarcado, visto extrañas plantas, idílicas y solitarias playas, espesos bosques, abundancia de ganado, huellas de seres humanos de medidas mayores, inscripciones extrañas, etc., y que, llegado un momento, se levanta un fuerte viento que les obliga a embarcarse de nuevo y, ya alejados de la costa, jamás vuelven a dar con la isla. Así como relatos de marineros que, viajando de las América a España, han pasado por Canarias, y, creyendo haber pasado por La Isla de la Palma, dan con ella al día siguiente de navegación.

En las playas del Hierro y la Gomera, tras una tormenta producida en la zona en la que supuestamente se halla la isla de San Borondón, ha hecho aparición ramas, extraños frutos, limones y hasta árboles enteros arrancados.

Pese a que aparece en condiciones atmosféricas óptimas, se habla en muchos testimonios de que, ésta isla, desaparece entre unas nubes o “celajes” que llegan a cubrirla completamente, y, al desaparecer éstas, ya no queda rastro visible de la isla. Como podemos ver, el misterio está servido.

Dentro del arraigo popular, está también la leyenda de que, aquel que llega a ver el último rayo de sol, el rayo verde, verá con toda seguridad, la mítica isla donde moran los sueños y los mitos de los Canarios.

La iconografía de la isla es bastante amplia, considerándose por mucho tiempo como realidad tangible, creándose multitud de teorías para explicar el porqué de su inaccesibilidad. Los más osados alzaron planos de la Isla, croquis, mapas, ya figurando en el Planisferio de Ebstof (1.234), como “Isla Perdida y nadie ha podido encontrar”, así como en el Mapamundi de Hereford, llamándola Islas de San Brendán (1.275). También el ingeniero italiano Leonardo Torriani, en su obra: «La Descripción e Historia de las Islas Canarias» (1.590), nos habla de la Isla de San Borondón y alza un mapa de la misma, - confundiéndola con la Isla de la Antilia -, y ubicando en ella las míticas siete ciudades, fundadas por los Siete Obispos, que, según la leyenda, en tiempos de la conquista de la Península Ibérica por los árabes, y huyendo de éstos, se internaron con su pueblo mar adentro, llegando a la Isla de la Antilia, y por protección divina, vivían en una isla donde no les faltaba de nada en medio de una existencia idílica.

La topografía de la Isla que se puede deducir a la luz de los testimonios abundantes, ya desde poco después de finalizada la conquista de las Canarias, nos habla de una isla que es más larga que ancha, orientada de norte a sur, donde está dominada por dos montañas, divididas por una degollada o ensilladura central que viene a estar hacia el centro de la isla, siendo la montaña septentrional de mayor altura que la meridional. Sorprende su espesa masa forestal que casi llega hasta el mismo mar. De profundos y oscuros barrancos, hermosas playas y acantilados agrestes. Se le suponen exóticas especies de árboles y plantas, abundancia en fauna, etc., así como también de la posibilidad de estar habitada por seres de similares características a los hombres, aunque no se reconoce que se haya visto en ella edificaciones, caminos o construcciones.

La leyenda de San Brendán

El nombre de San Borondón viene dado por la derivación de San Brendán, que fue un Santo Irlandés nacido a finales del siglo V, por el cual recibió el nombre esta Isla. De los múltiples nombres que recibe, es San Borondón el más extendido, teniendo además otros nombres como: Aprositus, Non Trubada, Encubierta, Isla Perdida, Inaccesible, Isla de las Siete Ciudades, San Blandano, San Brandán, San Balandrán, etc.

Cuenta la Leyenda que San Brendán de Cluainfort, en el condado de Kerry, nació en la ciudad de Tralea en el 484 y murió en la ciudad de Annaghdown en el 577.

Fundó una abadía en Tralea. Según el Códice del Siglo IX, Navigatio Sancti Brendani Abbatis, San Brendán era padre de 3.000 monjes, hombre santo y virtuoso, que recibió una visita de otro monje pariente suyo llamado Barinto, que le refirió haber estado en una isla - junto con otro monje -, que se suponía que era el paraíso, donde nunca se ponía el sol, siempre había luz o era de día, en donde no se sentía necesidad de comer, beber, etc., cuyo suelo era de piedras preciosas, que su flora era abundante, repleta de árboles atestados de ricas frutas, pájaros, etc., que caminando por ella llegaron a un río que determinaba una zona donde sólo los hombres santos que ya habían fallecido, por mandato de Dios vivían tras ese río, tal como les fue comunicado por un ser luminoso que tomaron por un ángel y que dirigiéndose a ellos dos por su nombre: Barinto y Mernoc, les dijo que regresaran ya a su lugar de procedencia. Curioso es que durante su estancia en dicha isla, que les pareció de quince días, resultó que, para el resto de los monjes que los esperaban de un año terrestre, y que la referida Isla “paraíso”, estaba rodeada de espesas nieblas que la cubrían permanentemente de todas las miradas.

Decidió embarcarse San Brendán y San Maclovio en una nave, hecha de pieles de animales impermeabilizadas con su vela y sus remos, en compañía de otros 14 monjes, para que, guiados por la mano de Dios, llegar al paraíso. Tras un viaje de siete años, viajando por mares procelosos, llenos de extrañas criaturas, y visitando multitud de islas que rivalizaban en misterio.

Un día, tras mucho navegar, imploraron a Dios Santísimo que les concediese la virtud de que apareciera tierra firme para poder celebrar dignamente el rito de la Pascua llegaron a una isla pedregosa donde realizaron sus aprovisionamientos y pusieron una olla a calentar, tras lo cual, la isla comenzó a moverse como una ola. Los monjes corrieron hacia su embarcación, dejando su olla y su lumbre, alejándose de aquella isla, la cual, también se alejaba de ellos, descubriendo que no era tal isla. Calmó San Brendán a los monjes diciéndole que no tuvieran miedo: « Dios me reveló esta noche en visión este misterio. No es Isla, allí donde estuvimos, sino pez, el primero de todos los que nadaron en el mar. Anda siempre queriendo estirar la cabeza hasta la cola y no puede por la longitud. Es ese pez al que llaman Jasconio. » De aquí la leyenda que vincula la Isla de San Borondón con la Leyenda de Jasconio y San Brendán, aunque cabe reseñar que al final, tras mucho vagar, de encontrar una columna de cristal que se elevaba del fondo del océano hasta el cielo, y vuelta a empezar el itinerario durante siete años, al final llegan al ansiado paraíso y disfrutan de su contemplación.

Según la leyenda allí mismo San Maclovio resucita un muerto, que no era otra cosa sino un gigante, que fue bautizado y adoctrinado en los ritos sagrados y en el conocimiento de las Santas Escrituras. El gigante, que fue bautizado con el nombre de Mildum, y les refirió del vivir de sus gentes, etc., siéndoles de ayuda a San Brendán y a San Maclovio, y, tras quince días con ello, obtuvo permiso de éstos para volver a morirse y disfrutar del paraíso al que van los cristianos.

Tras su visita al paraíso, regresan a su lugar de origen, donde contaron su aventura a los monjes que allí quedaron aguardando su regreso. Falleciendo San Brendán al poco, tal como le fue revelado en aquella isla.
No es de extrañar que, a los testigos isleños, tras la aparición de la Isla Encantada al Oeste de Las Canarias, se les antojase que no era otra sino la Isla de San Brendán, quedando para siempre anclada en las tradiciones y los corazones de los canarios.

Dentro del acervo popular, San Borondón es la Isla Ballena, pues aparece en la misma zona, pero, con pequeñas variaciones, es la Isla de los Bienaventurados, pues es el Paraíso que encontraron San Brendán y San Maclovio; es la Isla Nube, pues, de esto estaba rodeado el paraíso, y así un largo etcétera.

Las expediciones


A lo largo de la historia ha habido muchas expediciones para intentar acercarse y conquistar tan ansiada isla siendo todas ellas infructuosas, de las que citaré de las muchas que se realizaron, la de 1.526, realizada por los vecinos de Gran Canaria Francisco Alvarez y Hernando de Troya. La de 1.556: El portugués Roque Nuñez, sus hijos y un cura Palmero llamado Martín Araña fueron desde La Palma hacia San Borondón, y por lo visto bien cerca de la isla estuvieron, pues estalló la polémica entre el cura y Roque Nuñez sobre quién de ellos dos debería tener el honor de desembarcar primero; al no ponerse deacuerdo, volvieron a La Palma. La de 1.570 protagonizada por el Regidor y depositante General de La Palma Hernando de Villalobos. Y la más importante y última oficial que hubo, me refiero a la de 1.721, realizada bajo mandato del Capitán General de Canarias el Excmo. Sr. Juan de Mur y Aguirre, que antes de decidirse, ordenó a las tres islas occidentales una profunda investigación, y a la luz de los resultados, se realizó la empresa con 3 naves y tropa.

La última investigación: ¡San Borondón hallada!


En el año 1.997, el Buque Oceanográfico de la Armada Española “Hespérides” realizó una serie de trabajos de sondeo con un nuevo equipo para trazar la cartografía del fondo de las islas canarias. Se halló un espectacular bloque de tierra, procedente de la Isla de Tenerife sumergido a unos 2.700 metros de profundidad y a 60 kilómetros al norte del municipio tinerfeño de Buenavista. Esta “Isla” hallada, de 8 kilómetros de largo y que es algo mayor que la Isla de La Graciosa (norte de Lanzarote), fue bautizada con el nombre de San Borondón por respeto a la tradición oral del archipiélago por parte del equipo del “Hespérides”. Con lo cual, y a la vista de esto, podemos afirmar, que al menos “uno” de los San Borondones, ya existe.

Para finalizar, quiero reseñar que el fenómeno de San Borondón no es meramente un simple y discutible efecto de refracción de la luz en el horizonte; es mucho más, parte del alma de este Pueblo Canario, que, tiene como custodio de sus ilusiones, tradiciones y creencias, a un Santo, que habita en una Isla, con sus siete Obispos a lomos de una ballena y sirve como referencia obligada a lo que se ha dado en llamar “La Canariedad”. San Borondón, es parte de estas Islas, de este Pueblo, y reside en sus corazones y sus mentes, en su eterno navegar, allá donde todos los Canarios, somos iguales.



Artículo originalmente aparecido en la revista Karma 7 (nº 137) del mes de julio del año 2000



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