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Como
una variante de la zoología
aunque bajo su crítico punto
de mira, surge la
Criptozoología, una
disciplina científica que
postula entre otras
provocadoras cuestiones, la
existencia real de criaturas
como el Yeti, los monstruos
lacustres, el tiburón
gigante o Megalodón, el
mortífero gusano del Gobi o
el sobrecogedor reptil
australiano Megalania.
No descubriremos al lector
nada nuevo sí afirmamos que
aún restan por ser
catalogadas por el hombre
cientos de miles, sino
millones de especies
animales, en su inmensa
mayoría insectos.
Previsiblemente la mayor
parte de estas criaturas
tengan su hábitat en los
grandes y aún inexplorados
océanos, así como en las
selvas, desiertos y zonas de
montaña, parajes todos ellos
que tienen en común la
escasa presencia humana. No
en vano, cuando los humanos
están presentes en estos
inhóspitos lugares su
permanente lucha por la
subsistencia centra su
atención frente a la
catalogación o no de nuevas
especies. Sin embargo,
precisamente la tradición
oral y el conocimiento del
medio natural que presentan
los habitantes de estas
regiones constituyen una de
las principales herramientas
de trabajo de los
criptozoólogos.
Punto
de inicio
Sí hemos de fijar una fecha
de arranque oficial de la
criptozoología (“ciencia de
los animales ocultos”) ésta
estaría ubicada a mediados
del siglo XX, cuando el
zoólogo belga Bernard
Heuvelmans acuñó el término
en su correspondencia
privada con otros cazadores
de animales imposibles. Él
fundó la Sociedad
Internacional de
Criptozoología, una de las
varias organización de
prestigio que existen en el
mundo dedicadas a esta
disciplina,
habitualmente
integradas por zoólogos,
antropólogos, folklorista,
naturalistas, periodistas de
la naturaleza y mucho
aventurero. De forma
genérica para la zoología,
esta hermana menor es vista
como un cúmulo de
curiosidades, casi como un
mal menor o capricho que se
ha de soportar a sus colegas
de profesión. Sin embargo,
la criptozoología nace de
varios presuntos sólidos,
como la existencia de zonas
inexploradas donde habiten
nuevas especies animales, e
incluso la supervivencia hoy
en día de especies que se
creen extintas. Los ejemplos
son innumerables. El propio
Heuvelmans estimó en los
años sesenta que podían
existen unas 138 especies de
grandes animales todavía no
descubiertos, y si hemos de
ser sinceros es posible que
no se equivocara demasiado
aunque a priori podamos
pensar que en un mundo como
el nuestro todo lo grande
está descubierto.
En 1901 se descubrió un
pariente de las jirafas, el
okapi, al año siguiente al
rinoceronte blanco y en 1903
al gorila gigante de las
montañas africanas. El
Dragón de Komodo dejó de ser
una leyenda en Indonesia en
1912, y el Celacanto extinto
hace 65 millones de año dejó
de ser una pieza fósil de
museo y libro de
paleontología en 1938. En
1991 Vietnam parió al mundo
el “buey de Vu Quang Ox”,
mientras las regiones
tibetanas permitieron el
redescubrimiento de al menos
dos especies extintas, una
de caballos y otra caprina
en esos mismos años. Y en
Canarias, España, tenemos un
buen ejemplo con los
lagartos gigantes de El
Hierro, descubierto en 1975,
o el de La Gomera,
encontrado en 1999.
Puntos
flacos de la Criptozoología
A los criptozoólogos se les
suele hacer varias críticas,
que en honor a la verdad
suelen ir en bastantes
ocasiones cargadas de razón.
Por un lado se les acusa de
interesarse sólo por buscar
animales grandes, piezas de
caza mayor que presenten
peculiaridades especiales,
del tipo del monstruo del
Lago Ness o del Yeti. Pocas
veces, se dice, un
criptozoólogo se interesa
por especies pequeñas.
Por otro lado, se les
recuerda que los
descubrimientos de nuevos
animales los realizan
zoólogos, y que hasta el
momento las nuevas especies
aportadas por la
criptozoología han sido
escasas.
En ambos casos hay mucha
razón. Pocos investigadores
buscan animales que no
resulten exóticos y los
nuevos hallazgos suelen
corresponder a la zoología.
En cualquier caso no es
menos cierto que la forma de
encontrar grandes animales
es la misma dentro y fuera
de la zoología: prestando
atención a los mitos,
leyendas y tradiciones de
determinadas regiones, a las
descripciones de los
lugareños, y a la recogida
de huellas, muestras de pelo
y heces, sin olvidar la
paciente espera que precede
a toda nueva captura.
Animales que se creían
simples historias de los
nativos pasaron a las
clasificaciones de la
zoología cuando alguien les
prestó atención y decidió
dedicarle el tiempo
suficiente. Y en eso
destacan los criptozoólogos.
Dan por ciertas las
descripciones de los
habitantes de las más
remotas regiones a cerca de
animales desconocidos, que
habitualmente suelen estar
revestidos de una buena
dosis de misterio por su
habitual escapismo.
Asignaturas pendientes
La criptozoología mantiene
desde hace varios diversos
retos difíciles de saldar y
por los que recibe las más
duras miradas de
desconfianza. Uno de ellos
es el de los monstruos
lacustres, el más famoso de
los cuales es Nessie, el
habitante del Lago Ness en
Escocia. Sin embargo no es
el único, ya que las
regiones de los Grandes
Lagos de Canadá y Estados
Unidos no le faltan
parientes: “Champ” en el
Lago Champlain en los
estados de Nueva York y
Vermont; el “Ogopogo”y el
“Manipogo” en los lagos
Okanagan y Manotoba, en
Canadá; el Nahuelito
argentino del Lago
Nahuel-Huapi; el “Chan” del
Valle de las Siete
Luminarias en México; el
“Selma” noruego o el Issie
japonés son varios ejemplos
más de los más de 600
lugares en todo el mundo
donde se afirma existen este
tipo de enigmáticos animales
acuáticos. La
criptozoología
más optimista opina que
puede ser fósiles vivientes
de millones de años de
antigüedad, auténticos
plesiosaurios o reptiles
marinos que han logrado
sobrevivir. Los más
moderados optan por creen en
especies no conocidas o en
cualquier caso agigantadas
por el hábitat en el que
están. Lo cierto es que a
pesar de explicaciones
convencionales y de la mala
calidad de filmaciones y
fotografías en las que
tampoco ha faltado el
fraude, algo extraño y real
parecer unir a todas estas
historias.
Otro
tanto ocurre con los
denominados “hombres
salvajes”, criaturas cuya
existencia ha sido
atestiguada hasta la
saciedad en las regiones más
remotas del planeta y que
apuntan a la existencia de
primates desconocidos, e
incluso a la persistencia
hoy en día de antepasados
del homo sapiens. Ésta
hipótesis sin duda es dura y
causa pavor entre los
antropólogos, pero no dejar
de ser una probabilidad que
barajan con cierta razón
diversos criptozoólogos. Los
testimonios se cuentan por
millares, y no faltan
huellas, restos y otras
evidencias indirectas que
apuntan a la existencia real
–al margen también de
fotografías y filmaciones
dudosas- de criaturas como
el Yeti tibetano, o el
Bigfoot y Sasquatch de
Norteamérica. En Australia
se le conoce como el Yowie y
en Mongolia como Almas; en
Japón es el Hibagón, en
China el Yeren y en Kenia
como el Chemosit; Vasitri en
Venezuela, Ucumar en
Argentina, Sisemite en
Guatemala, Orang pendek en
Sumatra...la lista es
realmente interminable. Los
criptozoólogos han
clasificado a todas estas
criaturas en tres grandes
categorías atendiendo al
tamaño, aspecto,
comportamiento, etc.,
proponiendo que un primer
grupo podría explicarse por
la supervivencia del
Gigantopithecus, un simio
prehistórico de más de tres
metros de altura que se
extinguió hace 300.000 años.
Un segundo grupo estaría
formado por descendientes
del hombre de Neanderthal,
extinto hace varias decenas
de miles de años, y el
tercero por reminiscencias
del homo erectus o primates
no catalogados.
La
criptozoología es una
disciplina exótica que
abordada con rigor reboza
interés y añade una buena
dosis de atrevimiento al
panorama, aunque sus
atractivas propuestas no
deben hacernos olvidar que
los animales que conocemos
son igualmente apasionantes
y su estudio en muchos casos
nos depara nuevas y
atractivas sorpresas.
Animales imposibles
Aunque las piezas más
ambicionadas de la
criptozoología son los
hombres salvajes y las
serpientes marinas gigantes,
esta disciplina busca otros
muchos animales no menos
exóticos. En el Congo se
siguen las huellas del
Mokele mbNembe, una especie
de dinosaurio identificado
como tal por las tribus
pigmeas;
en la selva amazónica se va
a la caza del Mapinguari,
una especie de yeti aunque
con una peculiaridades muy
especiales y que los
criptozoólogos piensan puede
tratarse de un perezoso
gigante. Megalodon es el
nombre de un tiburón gigante
que se supone extinto desde
hace diez mil años y que se
busca en las aguas del
Pacífico; mientras que por
Tatzelwurm se conoce a un
extraño reptil que habita en
los Alpes Suizos. En las
duras condiciones del
desierto del Gobi, en
Mongolia, se piensa que
habita un gusano gigante, de
más de metro y medio de
largo por treinta
centímetros de grosor, capaz
de escupir veneno y propinar
descargas eléctricas, y en
las ciénagas australianas
los amorfos Bunyips se han
convertido en los reyes
desde antes de la llegada de
los primeros colonos. Hay
misterios para rato. |