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A pesar de ser una de las
tres grandes religiones
monoteístas del mundo, de
compartir con el judaísmo y
el cristianismo la esencia
de su doctrina, y de ser
profesada con fervor por más
de 900 millones de personas,
el Islam continúa siendo sin
duda el gran desconocido.
Con demasiada frecuencia
accedemos a una imagen
distorsionada de una
confesión que contemplamos
como intransigente y
radical, ligada
inevitablemente a la temida
Guerra Santa, a
manifestaciones como la
permanente oración o al
ciclo de ayuno sagrado o
Ramadán, que desde nuestra
cómoda y pasiva opción
religiosa, juzgamos como
meras tradiciones impuestas
y sacrificadas. Por ello, y
antes de entrar en la
escatología del Islam,
conviene realizar una breve
aproximación histórica al
mismo, así como a la figura
de su Profeta Mahoma.
Islam, sincretismo y
sumisión
Según la tradición, Muhammed
ben Abd Allah, (Mahoma: el
alabado) nació en el año 570
d. J.C. en la ciudad de La
Meca, aunque algunos
estudiosos retrasan esa
fecha hasta el 580. En
cualquier caso lo hace en el
seno de los hachemíes, una
de las grandes familias ya
en decadencia de la tribu de
los quraysíes o koreis,
quedando huérfano a los
pocos años y pasando primero
a la tutela de su abuelo y
posteriormente a la de su
tío Abu Thaleb. Una de las
muchas tradiciones islámicas
o Summa, que complementan la
enseñanza coránica, cuenta
que su alumbramiento estuvo
rodeado de hechos
sobrenaturales que delataban
su gracia divina, entre los
cuales destaca la poderosa
luz que alumbró al mundo en
el
momento
de su nacimiento, momento en
el que también las estrellas
cambiaron su rumbo, un hecho
singular que recuerda
algunos fenómenos atribuidos
al nacimiento de Jesús y
descritos en diversos textos
apócrifos. Ese paralelismo
lo encontramos también en la
leyenda de su encuentro, a
los doce años y en el
transcurso de una caravana
comercial cercana ya a Bosra,
una pequeña localidad siria,
con un monje cristiano de
nombre Bahira, quién
confirmó en aquel instante
lo que ya le había sido
revelado en sueños, que
aquel muchacho estaba tocado
por la divinidad, “Tú eres
aquel –le dijo- que ha sido
enviado por Dios, el Profeta
que nos traerá el Libro de
la Palabra”. Sin embargo,
poco o nada es lo que a
ciencia cierta se sabe sobre
los primeros cuarenta años
de vida de Mahoma, a quién
se atribuye una gran
sensibilidad y un don
profético ya desde la
infancia, que le harían
percibir de forma especial
las injusticias sociales,
así como el grado de
corrupción y deterioro de
los poderosos de La Meca.
Con 25 años contrae
matrimonio con su primera
esposa y seguidora, Jadiya,
una adinerada viuda a la que
ayudó en sus fructíferos
negocios y por medio de
cuyas caravanas debió entrar
en contacto con cristianos y
judíos conociendo la Biblia.
Ese descubrimiento del libro
sagrado, su propia y
sensible moral y las
prácticas religiosas
preislámicas y beduinas
heredadas de los clanes
tribales en los que creció
marcados por un gran
politeísmo, darían forma en
unos casos y matizarían en
otros, el cuerpo doctrinal
recogido en El Corán, el
libro sagrado del mundo
islámico. Los años 610-611
son establecidos por la
tradición y por los
especialistas como aquellos
en los que Mahoma comenzó a
recibir el grueso de las
revelaciones que conforman
El Corán, por boca del
arcángel Gabriel y bajo el
dictado del propio Alá. En
una cueva del monte Hira y
mientras dormía siguiendo el
hábito de recogimiento
interior al que se veía
impulsado en los últimos
tiempos, se le apareció
Gabriel quién agarrándole la
garganta le dice “Tú eres el
enviado de Dios y su
profeta”. Hasta el 619, año
en el que falleció su
primera esposa, Mahoma no se
había presentando
abiertamente como profeta,
aunque sí predicaba desde
hacía una década las
maravillas del monoteísmo,
con Alá como único dios. Con
el tiempo su mensaje se
haría más claro
presentándose como el último
de los profetas, como el
sello de una lista de
enviados divinos entre los
que se encontraban Moisés y
Jesús.
Su
discurso radicalmente
contrario a la moral
imperante terminó por
provocar su huida a la
ciudad de Yazrib, que
pasaría a llamarse Medina al
Nabi (Ciudad del Profeta) en
julio del año 622, la famosa
Hégira, que se convertiría
en el punto de arranque del
calendario musulmán, en el
año cero de la era del
Profeta. A partir de ahí su
autoridad religiosa y
militar se extiende con la
misma rapidez con la que lo
hace su doctrina, por medio
de la guerra santa contra
los infieles. Finalmente el
Profeta muere en el año 632,
poco después de tomar La
Meca y de haber islamizado a
prácticamente toda Arabia
con un corpus religioso que
reunió lo que creía la
verdadera esencia del
cristianismo y el judaísmo,
y lo que de válido encontró
en las prácticas paganas
entre las que había crecido.
Entre el juicio y el
cielo
La teología musulmán no se
puede concebir sin la firme
creencia, la convicción, en
una vida ultraterrena
determinada para cada uno
por Alá, de la que gozaremos
tras la resurrección previo
juicio final. A lo largo de
las 144 Suras o grupos de
versículos que componen El
Corán, encontramos numerosas
referencias al cielo y al
infierno, que se
complementan con las reseñas
contenidas en la Sunna, o
recopilación de dichos,
frases y relatos
tradicionalmente atribuidos
a Mahoma, como sería el caso
de la descripción de los
siete cielos. Como apunta la
periodista Hélène Renard “El
destino del más allá está,
según las creencias
islámicas, determinado y
fijado mucho antes de la
muerte. El moribundo,
inmediatamente antes de
morir, conoce su futuro
destino. (...) El alma del
elegido, conducida por el
ángel Gibrahim (Gabriel, el
anunciador) atraviesa siete
cielos antes de comparecer
antes Dios, que le dirige
una reprimenda y luego le
concede su perdón. El alma
del impío es arrebatada por
el ángel Israil (Azrael) y,
si ha cometido algún pecado
contra los siete deberes
fundamentales, no puede
atravesar los cielos. Es
enviada al umbral del
infierno, el Siddjin”. La
idea de un juicio final
riguroso está marcadamente
destacada en las páginas
coránicas:
“¡Hombres!
¡Temed a vuestro Señor!. El
terremoto de la Hora del
Juicio será algo enorme, en
el día en que toda nodriza
se olvidará del niño que
amamanta y toda mujer
preñada abortará, y en él
verás a todos los hombres
ebrios, aun cuando no
estarán ebrios de vino, sino
aturdidos por el terrible
castigo de Dios” (22,2)
“Quien venga el
día del Juicio con buenas
obras, tendrá algo mejor que
ellas. Quien venga con malas
obras...A quiénes hayan
hecho maldades no se les
recompensará si no es con lo
que hayan hecho”. (28, 84)
Un adelanto de ese juicio se
produce según algunas
escuelas teológicas en el
mismo instante de la muerte,
donde musulmanes y no
creyentes deberán responder
a las tres preguntas
rituales, “¿Quién es tu
Señor?, ¿Cuál es tu
religión?, ¿Quién es tu
profeta?”. Tras este trámite
crucial, al que asisten los
humanos sentados en su
sepulcro frente a los
ángeles Munkar y Nakir, sus
acciones ya recogidas en un
libro por otros dos ángeles
a lo largo de su viuda son
sopesadas, determinando su
destino: las almas de los
impíos mueren y la de los
justos comienzan a recibir
su recompensa, en una suerte
de vida latente que en ambos
casos culmina con la
resurrección al final de los
tiempos y la eternidad en el
cielo o en el infierno. “Él
crea a la criatura; luego,
después de la muerte, las
devuelve a la vida, para
recompensar con equidad a
quienes han creído y han
hecho obras pías” (10, 4)
asegura Alá a través de El
Corán.
Tal y como señala José
Martínez, “El paraíso
musulmán consta de siete
estancias, cuyas puertas se
hallan custodiadas por
ángeles. Los primeros que
entran en él son los muertos
en combate religioso y los
pobres, seguidos de los
creyentes plenamente
purificados”.
Ese cielo se haya vivamente
descrito, con innumerables
placeres y todo lo que en
aquella época y en los
escenarios desérticos se
podía imaginar como el
Paraíso, con agua y comida
en abundancia, naturaleza y
frescor, descanso
permanente, mujeres hermosas
de cuerpos esbeltos y
juventud inalterable, joyas,
sedas, aromas y bebidas de
todo tipo... Cuatro ríos
celestiales, de agua
cristalina, leche, vino y
miel surtirán a los
bendecidos.
“Quienes sean
piadosos, tendrán, junto a
su Señor, jardines en que,
por debajo, correrán los
ríos; en ellos estarán
eternamente, teniendo
esposas puras y la
satisfacción de Dios”
(3,13).
“Vosotros vais a
gustar el tormento doloroso
y no seréis recompensados
sino por lo que hacíais. Se
exceptúan los servidores
devotos de Dios. Éstos
tendrán un sustento
determinado de frutos; ellos
serán honrados en unos
jardines de ensueño; estarán
sentados sobre estrados
enfrentados. Entre ellos
circulará en ruedo la copa
llena de agua corriente,
blanca, dulce al paladar de
los bebedores; no contendrá
embriaguez ni se embriagarán
de ella. Tendrán vírgenes de
mirada recatada, con ojos
como huevos de avestruz
semiocultos”. (37,37).
En
cualquier caso y a pesar de
los muchos pasajes en los
que se mencionan los
placeres del creyente en el
cielo, muchos teólogos
apuntan tal y como hace T.
Carlyle, a que “en el Corán
se habla muy poco de los
goces del paraíso; prefiere
insinuarlos a insistir en
ellos. No olvida decir que
los goces más elevados serán
allí espirituales; la pura
presencia del Altísimo, tal
será el que trascenderá
todos los goces”.
Mítica es sin duda la
ascensión de Mahoma a los
siete cielos, ricamente
imaginados en la tradición
musulmán pero interpretados
por los místicos como
alegorías correspondientes a
diversos niveles de
evolución y conciencia
espiritual. La clave de
estas estancias celestiales
radica en la mayor o menor
gloria existente en ellos,
desde la más básica y
terrenal, a la morada más
pura y alta. Cuenta la
tradición que esa fabulosa
ascensión a los siete cielos
se produjo pocos años antes
de la Hégida, posible
gracias a la purificación de
su corazón por parte del
ángel Gabriel.
El castigo de un infierno
llameante
“En cuanto al infierno
–apunta José Martínez- es
concebido como un horno de
siete compartimentos, uno
para cada clase de
pecadores”, aunque carece de
una descripción topográfica
en el Corán. Sin embargo, la
tantas veces requerida
tradición mahometana
coincide en localizarlo
debajo de la tierra, y tal y
como apunta otro
especialista en la doctrina
musulmán, Asin, “el infierno
es un negro y oscuro abismo
o concavidad en el interior
de la tierra, tan profundo,
que una piedra o bola de
plomo, dejada caer desde su
boca, tardaría setenta años
en llegar al fondo”. De
nuevo hallamos aquí y por
partida doble la simbología
del siete, y aunque como en
el caso de los siete cielos
y las siete tierras estemos
ante alegorías y niveles de
“castigo”, no deja de ser
curioso que en los mitos
sumerios y acadios cuyo
rastro se puede seguir en el
cristianismo, se mencione la
existencia de “siete puertas
del infierno” o de los
“siete demonios”. Los
cielos, descritos incluso
con medidas en el esotérico
Zohar como parte de una
tradición que también Mahoma
debió conocer, estarían
habitados también por
infinidad de ángeles, y otro
tanto pero con demonios o
ginn ocurrirá en el
Infierno. Uno de los pocos
datos descriptivos es el
referido a la existencia de
un árbol monstruoso, Zaqum,
mencionado en algunas suras:
“Es éste mejor
hospedaje o el árbol Zaqum?.
Le hemos puesto como prueba
para los injustos. Es un
árbol que arranca del fondo
del infierno, cuyos frutos
son como cabezas de
demonios. Los condenados
comerán de él y se llenarán
el vientre; tendrán por
bebida una mezcla de agua
hirviente,luego volverán a
reunirse en el Infierno”
(37,60).
Este engendro arbóreo
encontrará su contrapartida
en el séptimo cielo, donde
un árbol creado por Dios
recoge en cada hoja una
letra del Corán, custodiadas
cada una por un ángel que
tiene la llave a diferentes
océanos de conocimiento y
del que emanan infinidad de
gracias.
Aunque la vida en el cielo o
en el infierno depende
exclusivamente de la
voluntad de Alá, estando
planificado el destino por
él desde el principio, el
musulmán se esforzará
doblemente, se someterá en
busca de la recompensa del
cielo y el logro de la
clemencia del Todopoderoso.
A priori, las moradas
infernales y sus tormentos
están destinadas a los no
creyentes y a los pecadores
graves, a quienes se
conducirá en grupos el día
del Juicio Final.
“Quienes no
esperan nuestro encuentro,
se complacen en la vida
mundanal y viven en ella
tranquilos; quienes ignoran
nuestras aleyas, esos
tendrán su refugio en el
fuego como recompensa de lo
que hayan adquirido” (10,
7).
El infierno musulmán se
caracteriza por la constante
presencia de sufrimiento
fruto del fuego, el frío y
el hierro, que quemará una y
otra vez la piel y el
interior de los pecadores,
recibiendo cortes y
aplastamiento de sus
miembros.
“Así será. Pero
los rebeldes tendrán el peor
lugar de retorno: en el
Infierno se asarán. ¡Qué
pésimo lecho!. Gustad esto:
agua hirviendo y exudado, y
otro tormento variado del
mismo tipo”. (38,55)
Con todo, las escuelas
místicas del Islam llenan de
matices e interpretaciones
divergentes las
descripciones que otros, la
mayoría, continúa
interpretando literalmente,
realizando lecturas mucho
más ligadas a la
transcendencia y conciencia
espiritual después de la
muerte, hasta fundirse con
la Divinidad, que a una
resurrección de la carne y
una eterna existencia
celeste o infernal descrita
de una forma quizá muy
terrenal.
Fuente | ESENCIA 21 -
http://www.esencia21.com
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