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EL ISLAM, UNA APROXIMACIÓN AL CIELO Y AL INFIERNO MUSULMÁN

Por  José Gregorio González

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A pesar de ser una de las tres grandes religiones monoteístas del mundo, de compartir con el judaísmo y el cristianismo la esencia de su doctrina, y de ser profesada con fervor por más de 900 millones de personas, el Islam continúa siendo sin duda el gran desconocido. Con demasiada frecuencia accedemos a una imagen distorsionada de una confesión que contemplamos como intransigente y radical, ligada inevitablemente a la temida Guerra Santa, a manifestaciones como la permanente oración o al ciclo de ayuno sagrado o Ramadán, que desde nuestra cómoda y pasiva opción religiosa, juzgamos como meras tradiciones impuestas y sacrificadas. Por ello, y antes de entrar en la escatología del Islam, conviene realizar una breve aproximación histórica al mismo, así como a la figura de su Profeta Mahoma.

Islam, sincretismo y sumisión

Según la tradición, Muhammed ben Abd Allah, (Mahoma: el alabado) nació en el año 570 d. J.C. en la ciudad de La Meca, aunque algunos estudiosos retrasan esa fecha hasta el 580. En cualquier caso lo hace en el seno de los hachemíes, una de las grandes familias ya en decadencia de la tribu de los quraysíes o koreis, quedando huérfano a los pocos años y pasando primero a la tutela de su abuelo y posteriormente a la de su tío Abu Thaleb. Una de las muchas tradiciones islámicas o Summa, que complementan la enseñanza coránica, cuenta que su alumbramiento estuvo rodeado de hechos sobrenaturales que delataban su gracia divina, entre los cuales destaca la poderosa luz que alumbró al mundo en el momento de su nacimiento, momento en el que también las estrellas cambiaron su rumbo, un hecho singular que recuerda algunos fenómenos atribuidos al nacimiento de Jesús y descritos en diversos textos apócrifos. Ese paralelismo lo encontramos también en la leyenda de su encuentro, a los doce años y en el transcurso de una caravana comercial cercana ya a Bosra, una pequeña localidad siria, con un monje cristiano de nombre Bahira, quién confirmó en aquel instante lo que ya le había sido revelado en sueños, que aquel muchacho estaba tocado por la divinidad, “Tú eres aquel –le dijo- que ha sido enviado por Dios, el Profeta que nos traerá el Libro de la Palabra”. Sin embargo, poco o nada es lo que a ciencia cierta se sabe sobre los primeros cuarenta años de vida de Mahoma, a quién se atribuye una gran sensibilidad y un don profético ya desde la infancia, que le harían percibir de forma especial las injusticias sociales, así como el grado de corrupción y deterioro de los poderosos de La Meca.

Con 25 años contrae matrimonio con su primera esposa y seguidora, Jadiya, una adinerada viuda a la que ayudó en sus fructíferos negocios y por medio de cuyas caravanas debió entrar en contacto con cristianos y judíos conociendo la Biblia. Ese descubrimiento del libro sagrado, su propia y sensible moral y las prácticas religiosas preislámicas y beduinas heredadas de los clanes tribales en los que creció marcados por un gran politeísmo, darían forma en unos casos y matizarían en otros, el cuerpo doctrinal recogido en El Corán, el libro sagrado del mundo islámico. Los años 610-611 son establecidos por la tradición y por los especialistas como aquellos en los que Mahoma comenzó a recibir el grueso de las revelaciones que conforman El Corán, por boca del arcángel Gabriel y bajo el dictado del propio Alá. En una cueva del monte Hira y mientras dormía siguiendo el hábito de recogimiento interior al que se veía impulsado en los últimos tiempos, se le apareció Gabriel quién agarrándole la garganta le dice “Tú eres el enviado de Dios y su profeta”. Hasta el 619, año en el que falleció su primera esposa, Mahoma no se había presentando abiertamente como profeta, aunque sí predicaba desde hacía una década las maravillas del monoteísmo, con Alá como único dios. Con el tiempo su mensaje se haría más claro presentándose como el último de los profetas, como el sello de una lista de enviados divinos entre los que se encontraban Moisés y Jesús.

Su discurso radicalmente contrario a la moral imperante terminó por provocar su huida a la ciudad de Yazrib, que pasaría a llamarse Medina al Nabi (Ciudad del Profeta) en julio del año 622, la famosa Hégira, que se convertiría en el punto de arranque del calendario musulmán, en el año cero de la era del Profeta. A partir de ahí su autoridad religiosa y militar se extiende con la misma rapidez con la que lo hace su doctrina, por medio de la guerra santa contra los infieles. Finalmente el Profeta muere en el año 632, poco después de tomar La Meca y de haber islamizado a prácticamente toda Arabia con un corpus religioso que reunió lo que creía la verdadera esencia del cristianismo y el judaísmo, y lo que de válido encontró en las prácticas paganas entre las que había crecido.

Entre el juicio y el cielo

La teología musulmán no se puede concebir sin la firme creencia, la convicción, en una vida ultraterrena determinada para cada uno por Alá, de la que gozaremos tras la resurrección previo juicio final. A lo largo de las 144 Suras o grupos de versículos que componen El Corán, encontramos numerosas referencias al cielo y al infierno, que se complementan con las reseñas contenidas en la Sunna, o recopilación de dichos, frases y relatos tradicionalmente atribuidos a Mahoma, como sería el caso de la descripción de los siete cielos. Como apunta la periodista Hélène Renard “El destino del más allá está, según las creencias islámicas, determinado y fijado mucho antes de la muerte. El moribundo, inmediatamente antes de morir, conoce su futuro destino. (...) El alma del elegido, conducida por el ángel Gibrahim (Gabriel, el anunciador) atraviesa siete cielos antes de comparecer antes Dios, que le dirige una reprimenda y luego le concede su perdón. El alma del impío es arrebatada por el ángel Israil (Azrael) y, si ha cometido algún pecado contra los siete deberes fundamentales, no puede atravesar los cielos. Es enviada al umbral del infierno, el Siddjin”. La idea de un juicio final riguroso está marcadamente destacada en las páginas coránicas:

“¡Hombres! ¡Temed a vuestro Señor!. El terremoto de la Hora del Juicio será algo enorme, en el día en que toda nodriza se olvidará del niño que amamanta y toda mujer preñada abortará, y en él verás a todos los hombres ebrios, aun cuando no estarán ebrios de vino, sino aturdidos por el terrible castigo de Dios” (22,2)

“Quien venga el día del Juicio con buenas obras, tendrá algo mejor que ellas. Quien venga con malas obras...A quiénes hayan hecho maldades no se les recompensará si no es con lo que hayan hecho”. (28, 84)

Un adelanto de ese juicio se produce según algunas escuelas teológicas en el mismo instante de la muerte, donde musulmanes y no creyentes deberán responder a las tres preguntas rituales, “¿Quién es tu Señor?, ¿Cuál es tu religión?, ¿Quién es tu profeta?”. Tras este trámite crucial, al que asisten los humanos sentados en su sepulcro frente a los ángeles Munkar y Nakir, sus acciones ya recogidas en un libro por otros dos ángeles a lo largo de su viuda son sopesadas, determinando su destino: las almas de los impíos mueren y la de los justos comienzan a recibir su recompensa, en una suerte de vida latente que en ambos casos culmina con la resurrección al final de los tiempos y la eternidad en el cielo o en el infierno. “Él crea a la criatura; luego, después de la muerte, las devuelve a la vida, para recompensar con equidad a quienes han creído y han hecho obras pías” (10, 4) asegura Alá a través de El Corán.
Tal y como señala José Martínez, “El paraíso musulmán consta de siete estancias, cuyas puertas se hallan custodiadas por ángeles. Los primeros que entran en él son los muertos en combate religioso y los pobres, seguidos de los creyentes plenamente purificados”.

Ese cielo se haya vivamente descrito, con innumerables placeres y todo lo que en aquella época y en los escenarios desérticos se podía imaginar como el Paraíso, con agua y comida en abundancia, naturaleza y frescor, descanso permanente, mujeres hermosas de cuerpos esbeltos y juventud inalterable, joyas, sedas, aromas y bebidas de todo tipo... Cuatro ríos celestiales, de agua cristalina, leche, vino y miel surtirán a los bendecidos.

“Quienes sean piadosos, tendrán, junto a su Señor, jardines en que, por debajo, correrán los ríos; en ellos estarán eternamente, teniendo esposas puras y la satisfacción de Dios” (3,13).

“Vosotros vais a gustar el tormento doloroso y no seréis recompensados sino por lo que hacíais. Se exceptúan los servidores devotos de Dios. Éstos tendrán un sustento determinado de frutos; ellos serán honrados en unos jardines de ensueño; estarán sentados sobre estrados enfrentados. Entre ellos circulará en ruedo la copa llena de agua corriente, blanca, dulce al paladar de los bebedores; no contendrá embriaguez ni se embriagarán de ella. Tendrán vírgenes de mirada recatada, con ojos como huevos de avestruz semiocultos”. (37,37).

En cualquier caso y a pesar de los muchos pasajes en los que se mencionan los placeres del creyente en el cielo, muchos teólogos apuntan tal y como hace T. Carlyle, a que “en el Corán se habla muy poco de los goces del paraíso; prefiere insinuarlos a insistir en ellos. No olvida decir que los goces más elevados serán allí espirituales; la pura presencia del Altísimo, tal será el que trascenderá todos los goces”.
Mítica es sin duda la ascensión de Mahoma a los siete cielos, ricamente imaginados en la tradición musulmán pero interpretados por los místicos como alegorías correspondientes a diversos niveles de evolución y conciencia espiritual. La clave de estas estancias celestiales radica en la mayor o menor gloria existente en ellos, desde la más básica y terrenal, a la morada más pura y alta. Cuenta la tradición que esa fabulosa ascensión a los siete cielos se produjo pocos años antes de la Hégida, posible gracias a la purificación de su corazón por parte del ángel Gabriel.

El castigo de un infierno llameante

“En cuanto al infierno –apunta José Martínez- es concebido como un horno de siete compartimentos, uno para cada clase de pecadores”, aunque carece de una descripción topográfica en el Corán. Sin embargo, la tantas veces requerida tradición mahometana coincide en localizarlo debajo de la tierra, y tal y como apunta otro especialista en la doctrina musulmán, Asin, “el infierno es un negro y oscuro abismo o concavidad en el interior de la tierra, tan profundo, que una piedra o bola de plomo, dejada caer desde su boca, tardaría setenta años en llegar al fondo”. De nuevo hallamos aquí y por partida doble la simbología del siete, y aunque como en el caso de los siete cielos y las siete tierras estemos ante alegorías y niveles de “castigo”, no deja de ser curioso que en los mitos sumerios y acadios cuyo rastro se puede seguir en el cristianismo, se mencione la existencia de “siete puertas del infierno” o de los “siete demonios”. Los cielos, descritos incluso con medidas en el esotérico Zohar como parte de una tradición que también Mahoma debió conocer, estarían habitados también por infinidad de ángeles, y otro tanto pero con demonios o ginn ocurrirá en el Infierno. Uno de los pocos datos descriptivos es el referido a la existencia de un árbol monstruoso, Zaqum, mencionado en algunas suras:

“Es éste mejor hospedaje o el árbol Zaqum?. Le hemos puesto como prueba para los injustos. Es un árbol que arranca del fondo del infierno, cuyos frutos son como cabezas de demonios. Los condenados comerán de él y se llenarán el vientre; tendrán por bebida una mezcla de agua hirviente,luego volverán a reunirse en el Infierno” (37,60).

Este engendro arbóreo encontrará su contrapartida en el séptimo cielo, donde un árbol creado por Dios recoge en cada hoja una letra del Corán, custodiadas cada una por un ángel que tiene la llave a diferentes océanos de conocimiento y del que emanan infinidad de gracias.

Aunque la vida en el cielo o en el infierno depende exclusivamente de la voluntad de Alá, estando planificado el destino por él desde el principio, el musulmán se esforzará doblemente, se someterá en busca de la recompensa del cielo y el logro de la clemencia del Todopoderoso. A priori, las moradas infernales y sus tormentos están destinadas a los no creyentes y a los pecadores graves, a quienes se conducirá en grupos el día del Juicio Final.

“Quienes no esperan nuestro encuentro, se complacen en la vida mundanal y viven en ella tranquilos; quienes ignoran nuestras aleyas, esos tendrán su refugio en el fuego como recompensa de lo que hayan adquirido” (10, 7).

El infierno musulmán se caracteriza por la constante presencia de sufrimiento fruto del fuego, el frío y el hierro, que quemará una y otra vez la piel y el interior de los pecadores, recibiendo cortes y aplastamiento de sus miembros.

“Así será. Pero los rebeldes tendrán el peor lugar de retorno: en el Infierno se asarán. ¡Qué pésimo lecho!. Gustad esto: agua hirviendo y exudado, y otro tormento variado del mismo tipo”. (38,55)

Con todo, las escuelas místicas del Islam llenan de matices e interpretaciones divergentes las descripciones que otros, la mayoría, continúa interpretando literalmente, realizando lecturas mucho más ligadas a la transcendencia y conciencia espiritual después de la muerte, hasta fundirse con la Divinidad, que a una resurrección de la carne y una eterna existencia celeste o infernal descrita de una forma quizá muy terrenal.

Fuente | ESENCIA 21 - http://www.esencia21.com

 



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